Poco más de tres semanas ha durado en el cargo, defenestrada por el presidente Alberto Fernández que ya dejó claro que no era ni su ... primera opción ni la segunda en las quinielas para hacerse con la cartera de Economía de Argentina, pero a quien cedió el paso para salvar el acuerdo de gobierno con Cristina (Kirchner). Silvina Batakis parecía ser ese mínimo común denominador para embridar el enorme quilombo que son las cuentas argentinas, con el peso desmoronándose y la deuda en cotas estratosféricas. Pero su desembarco no ha servido para aplacar una cosa ni la otra y la solución de compromiso ha durado lo que un caramelo a la puerta de un colegio.
Cuando 'la Griega', como la llaman en Argentina, se enteró de su destitución estaba en el aeropuerto de Washington esperando el vuelo de regreso a Buenos Aires. Acababa sin saberlo de dedicar sus últimos esfuerzos a salvar el acuerdo alcanzado por su predecesor a comienzos de año con el Fondo Monetario Internacional, de garantizar a calificadores de riesgo y fondos de inversión que su país cumpliría los ajustes impuestos para contener la inflación galopante y reformular una deuda de 44.000 millones. El sopapo le debe de seguir escociendo, por mucho que venga envuelto en la presidencia del Banco Nación a manera de desagravio.
El relevo llega de la mano de Sergio Massa, presidente de la Cámara de Diputados, para el que Fernández ha ideado un macroministerio que englobará las carteras de Producción y Agricultura. Confía en su capacidad de gestión y en su perfil político para salvar un gobierno que hace aguas por todas partes y en el que él mismo se encuentra cada vez más solo. Un golpe de efecto hecho a la medida de un país que lleva décadas encadenando escenarios económicos propios de un funambulista con los ojos vendados, con la población cautiva de 'corralitos' que desafían la fe en el Porvenir y que en el Cono Sur son tan endémicos como los gauchos, los glaciares y los alfajores. Con un 60% de inflación anual y una deuda galopante, el país se desliza como una balsa de palos por una torrentera.
A Silvina Batakis hay que reconocerle que no se arruga. Futbolera hasta la médula, no tenía reparos en admitir que su discurso era «más de barra de Boca que de académica». Lo demostró en su discurso de aceptación del cargo de ministra de Economía, cuando se dejó de paños calientes y alertó al auditorio encorbatado de la situación «compleja» a la que se enfrentaba el país, con una falta de dólares «desesperante» y maniatado por las condiciones draconianas que el FMI le ha impuesto. «Quedan 10.000 millones de pesos por emitir del monto autorizado. A ver cómo hacemos para pasar agosto y septiembre». Tanta sinceridad a veces es difícil de digerir.
Si antes no había 'plata' en la hucha, los últimos acontecimientos invitan a pensar que todo es susceptible de empeorar. Y los inversionistas no ocultan su nerviosismo, preocupados por que el país incumpla su compromiso de pagar la deuda en un momento en que la importación de energía se está zampando las reservas de divisas y la inflación sube sin freno.
Silvina Batakis no era ninguna advenediza. Llevaba años cuadrando las cuentas de la 'res pública' entre chorros, maquiavelos y estafaos, lo mismo da que el tango lo cante Gardel que Serrat. El primer tema de su agenda era la reducción del gasto público, lo que suponía atar en corto los subsidios energéticos en un país donde la luz prácticamente se regala a los hogares -73 dólares el megavatio/hora frente a los 273 de Uruguay o los 188 de Brasil- y la industria paga mucho más por el suministro, lo que constituye una rareza.
Suicidio político
Esta situación, que ahora hereda Massa y que deberá gestionar, induce al derroche -los subsidios han crecido un 38% el primer semestre-, supone un gran coste fiscal -se costea con cargo a los impuestos- y machaca las reservas monetarias, porque nadie quiere invertir en producir a esos precios y la energía se paga con dólares. Ahora bien, ¿quién le pone el cascabel al gato? Porque si en algo han estado de acuerdo todos los gobiernos que le han precedido es en que alterar el estado de cosas equivale al suicidio político.
Para Batakis, la receta pasaba por «no gastar más de lo que tenemos», provocando temblores en los escaños de la Cámara, donde sus enemigos -y también amigos, como se ha demostrado ahora- insisten en que «gobernar es gastar». Pero peor que el recelo del hemiciclo era el silencio que ha mantenido la vicepresidenta Cristina Fernández de Kirchner, a quien Batakis siempre ha considerado próxima, un silencio que el analista Carlos Pagni califica de «atronador» y a buen seguro determinante en el giro de los acontecimientos.
Silvina Batakis, experta en romper techos de cristal, no cree en la dignidad de la pobreza - «acabar con ella es una meta social», ha insistido siempre- y es un firme apóstol del intervencionismo del Estado. Nacida en Río Grande, en Tierra del Fuego, en 1969 (tiene 53 años) estudió Ciencias Económicas en la Universidad de La Plata, se diplomó con un máster Finanzas Públicas, y completó su currículum en Francia, Reino Unido y Chile. Si hay que destacar un nombre en su trayectoria, ése es Daniel Scioli, varias veces ministro y su principal valedor.
Auténtica fanática de Boca, es frecuente verla fotografiándose con sus estrellas como atestiguan las redes sociales. A 'la Griega' le pierde esta escuadra, la entidad deportiva con más socios de América (y la segunda del mundo por detrás del Bayern). Su amor por los colores es tan grande que no tiene reparos en ir a la 'cancha' sola o en compañía de su hijo. «A su marido no le gusta el fútbol -glosaba el periódico La Nación hace años-, pero a ella... A ella le vuelve loca». Entretenimiento es ahora lo último que le va a faltar.
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