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El ejército de Estados Unidos tiene un problema con la comida y, como si se tratara de un episodio de 'Pesadilla en la cocina', ha ... llamado al Alberto Chicote local para tratar de poner solución. El chef estrella de la televisión Robert Irvine ha sido reclutado con la misión de hacer más saludables y atractivos los menús de los cuarteles, con el objetivo de combatir la obesidad entre las tropas. Una realidad que preocupa entre los altos mandos norteamericanos.
Irvine, cocinero y presentador de 'Restaurante imposible', goza de la experiencia de haber ayudado a reflotar negocios de hostelería en más de 200 entregas de su show, brindando una segunda oportunidad a sus propietarios. Ahora pretende hacer lo mismo en las cocinas de las fuerzas armadas estadounidenses.
Este británico, hijo de un futbolista de Belfast y una vendedora de papel pintado, precisamente dio sus primeros pasos en los fogones en la Marina del Reino Unido, donde en su autobiografía relata que fue «descubierto» por Carlos III, entonces príncipe de Gales. Su carácter de cocinero militar le sirvió para trabajar en el 'Britannia', el yate de la familia real, y en las dependencias de la Casa Blanca a través de algún programa de la Armada norteamericana. Dos destinos que le dieron pie a echar a volar la imaginación en su hoja de servicios, con mentiras como que había servido a presidentes como Reagan o Bush o que Isabel II le había otorgado el título de «Sir» y un castillo como regalo por sus excelentes relaciones. Con este currículum se labró una carrera televisiva en Estados Unidos, que se vio obligado a abandonar en 2008 tras salir a la luz que cocinó su historial con mentiras.
Años después Irvine ha vuelto a retomar su carrera en la televisión norteamericana y después de enterarse en 2023 que el ejército pretendía dar un giro a la alimentación de las tropas, se ofreció voluntario para diseñar un nuevo plan. Le molesta la sugerencia de que su trabajo militar sea un proyecto de redención. «No me importa cometer errores. Lo reconozco», aseguró en una entrevista con el diario 'The New York Times'. Trabajar con soldados, dice, le «revitaliza cada día».
Así se convirtió en un consultor especial sin remuneración. Esto es una figura de un civil con poder, algo poco común dentro de las fuerzas armadas. De ese modo, actúa como el rostro visible de la «revisión generacional» de las cocinas del ejército. A sus 59 años tiene un aspecto ideal para ello: músculos que se marcan en una camiseta ajustada y un corte de pelo que recuerda al de un recluta. Una imagen perfecta para promover una buena alimentación. Esta labor le ha valido el reconocimiento de Jill Biden, entonces primera dama estadounidense, en un acto en la Casa Blanca.
«Los altos mandos están dispuestos a escuchar porque saben que es un problema», reconoce el chef. Y es que siete de cada diez militares estadounidenses en activo tienen sobrepeso y, un paso más allá, el 21% serían clasificados como obesos, según un informe de 2023 de American Security Project, una ONG especializada en defensa. Este documento reconoce que estos soldados se exponen a riesgos para su salud y, por tanto, para la seguridad del servicio. «La recurrencia rápida y sostenida de la obesidad en todos los servicios, rangos y posiciones ahora plantea una grave amenaza, particularmente para las poblaciones en riesgo y aquellos que desempeñan funciones críticas de combate».
Las tropas con sobrepeso y obesas tienen más posibilidades de sufrir lesiones y una menor probabilidad de soportar las exigencias físicas de su profesión. A lo que se suma el quebranto económico. El ejército pierde más de 650.000 días de trabajo cada año debido al sobrepeso y los costos de salud relacionados con la obesidad superan los 1,5 millones anuales para los miembros actuales y anteriores y sus familias, según estimaciones del Gobierno estadounidense.
¿Y cuáles son las causas del sobrepeso? Principalmente se debe a una mala alimentación. Y eso a pesar de que las recetas de los comedores de los cuarteles cumplen con los principales estándares nutricionales, pero a muchos soldados no les convencen los menús que sirve y se lanzan a opciones más apetitosas: restaurantes de comida rápida dentro y fuera de las bases.
En la historia del ejército estadounidense la comida ha gozado de mala fama entre las tropas. Una antigua canción de marcha habla de una galleta que «se cayó de la mesa y mató a mi amigo». Pero los problemas con los alimentos en los cuarteles están a la orden del día, con quejas por lo anodinos, grasientos, sosos y anticuados de los platos, además de su malas condiciones. «El problema más frecuente y preocupante que vemos es el pollo crudo o poco cocido», escribió en un correo electrónico Robert Evans, veterano del ejército cuyo sitio web Hots & Cots recopila reseñas de restaurantes y alojamientos en bases militares estadounidenses. «También hay informes ocasionales de cosas como pan mohoso, lácteos caducados o comidas mal preparadas».
No es la primera vez que el ejército trata de mejorar la calidad de su servicio de comedor, pero el plan de Irvin sí puede ser el más ambicioso. El objetivo es que las propuestas culinarias que se ofrecen en los cuarteles sean saludables a la par que deseables -con 'food trucks' y pedidos online- para que los soldados aparquen la comida rápida. Para ello, el primer paso fue abrir un restaurante Victory Fresh, la marca del chef estrella, en la base de Fort Jackson con un menú variado y cuidado. Un proyecto que se está extendiendo a cinco de los acuartelamientos más importantes de EE UU, donde ha iniciado la reforma de sus comedores para que se parezcan al negocio del consejero de alimentación. Y si tiene éxito pretenden extenderlo a más de 100 comedores en 35 instalaciones del país y del extranjero.
Cada día la cantina ofrece uno de cinco platos que van rotando: cerdo desmenuzado, salchicha polaca de pavo, pastel de carne de pavo con berza, costillas con especias secas y falda de res. Aunque a primera vista parezca una cantidad excesiva de grasas saturadas y calorías, también ofrecen ensaladas, tacos y sándwiches verdes.
Dos retos a los que se enfrenta el plan de Irvin son la financiación y las costumbres. La comida sana resulta más cara. Aunque el secretario de Salud, Robert F. Kennedy Jr., asegura apostar por las dietas saludables, y su compañero de Gabinete Pete Hegseth, responsable de Defensa, también prioriza una buena condición física de los soldados, el jefe del Pentágono también ha prometido recortar el presupuesto militar para el próximo lustro. Apretarse el cinturón no parece compatible con la apuesta de una alimentación más saludable.
Por otro lado, la cultura americana está ligada fuertemente al consumo de comida rápida. Y aunque los altos mandos del ejército no quieren que coman en el Burger King a diario, este actual deseo no concuerda con las políticas llevadas a cabo en las últimas décadas para incentivar una alimentación que no recomienda. De hecho, en 1984 el Pentágono firmó un acuerdo con esta empresa de restauración para que abriese 185 locales en las bases militares norteamericanas, donde también se encuentran otras marcas como Pizza Hut y Panda Express. En otras palabras, un caballo de Troya. El ejército ha metido al enemigo en casa. Y más restaurantes de comida basura rodean los cuarteles estadounidenses, con lo que la guerra de momento parece perdida. Pero el Alberto Chicote británico se ha propuesto darle la vuelta a la tortilla y luchar para mejorar las condiciones de los fogones en los cuarteles, repercutiendo en la dieta y la salud de las tropas de Estados Unidos.
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