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susana zamora
Jueves, 8 de junio 2017, 08:08
Hace 16 años sintió una llamada de Dios, un "arrebato místico" que no acierta muy bien a explicar, pero que desde entonces le separa de ... su casa y de su familia dos o tres veces al año. Recorre los 128 kilómetros que separan Lisboa de Fátima para cumplir las promesas de otras personas: "Si no la ha podido hacer o si simplemente desea dar las gracias a Nuestra Señora de Fátima, Carlos Gil camina por usted y lleva consigo el pago de su promesa o su agradecimiento". Así se promociona en su web donde pone precio, hasta en 99 idiomas, a su particular ayuda al prójimo: "Peregrinación, 2.500 euros; rezar el rosario, 250 euros; encender una vela, 25 euros; otros servicios, a petición".
Carlos Gil tiene una web con los servicios que presta y sus tarifas, que es la vía para contactar con él. Si hay acuerdo, Gil cumplirá la promesa de esa persona previo pago por transferencia bancaria. "Así queda constancia para declararlo a Hacienda".
Nacido en Luanda (Angola) hace 53 años, este agente inmobiliario se confiesa católico practicante, pero fuentes del Santuario de Fátima consultadas por este periódico se desmarcan por completo de este servicio y aseguran que no tienen nada que ver con él. Gil es consciente de que a la Iglesia católica no le gusta que su generosidad dependa de que haya dinero de por medio, "pero creo que debería conocerme antes de juzgarme", se defiende. Pero ésta, en realidad, nunca lo ha hecho. Simplemente, desde la Conferencia Episcopal Española remiten al capítulo I del Título V del Código de Derecho Canónico donde, en su canon 1.193, deja claro que nadie puede cumplir una promesa por otra persona, "obliga solamente a quien la ha emitido".
No entran en ninguna valoración más, aunque fuentes consultadas aseguran que en caso de impedimento por fuerza mayor, ya sea enfermedad o incapacidad, un sacerdote o el obispo de la diócesis podría conmutar esa acción de gracias por el favor recibido por otra que sea asequible para el devoto o, incluso, eximirle de su cumplimiento, "siempre que la persona quiera", aclaran.
Las mismas fuentes hacen hincapié en que, como norma general, no debieran hacerse promesas que no se puedan cumplir. "Son nulas si lo sabemos de antemano".
Carlos Gil confiesa que trata de permanecer ajeno a los juicios de valor de otras personas y, sobre todo, a las "agresivas" críticas que frecuentemente recibe en las redes sociales. En ellas le han llamado muchas cosas, pero lo más "duro", dice, y lo que más le ha dolido es que lo tachen de "mercenario de la fe". "No sé cómo pueden calificarme de ese modo cuando no tengo nada que ver con el significado de esa palabra. No soy mercenario de nada; sólo un creyente muy devoto", manifiesta.
"Confían en mí"
El camino se abre ante Gil como si fuera un peregrino más. Le gusta ir en silencio, "entregado a Dios" y ensimismado en sus pensamientos, que plasma en un diario para entregárselo al final del servicio al cliente que lo requiera como prueba. "Algunos no lo necesitan, porque tienen fe ciega en mí y confían en la labor a la que me he comprometido con ellos", afirma.
No todo el mundo comulga con la particular ayuda al prójimo de este peregrino de alquiler. En Internet ha recibido, dice, "críticas muy duras de personas que descargan toda su ira en mí". ¿Lo que más le ha dolido? Que le llamen "mercenario de la fe".
Pero en ese día a día no hay imágenes. "Nunca llevo cámara de fotos; no soy ningún turista. Tampoco llevo radio y el móvil está siempre apagado", puntualiza. Gil solo lo necesita para derivar las llamadas de trabajo a su jefa, a la que reconoce su "gran comprensión" por permitirle acogerse a permisos cuando la demanda de promesas crece. La peregrinación de Lisboa a Fátima suele prolongarse durante una semana. Gil suele realizar una media de 20 a 25 kilómetros diarios, aunque admite que lo "ideal" sería hacer el doble, "pero ya no tengo ni la edad ni la forma física para cumplir con ese objetivo". A veces lo acompaña su hermana, pero casi siempre va solo. En ocasiones se tropieza con otros peregrinos, "que nunca han cuestionado mi labor".
Sus peregrinaciones habituales transcurren por territorio portugués, pero este cumplidor de promesas también ha ido a Machu Pichu, en Perú; al santuario angoleño de Muxima, en plena guerra civil; y a Santiago de Compostela a lomos de un caballo, tal y como su cliente había prometido. Su próximo destino será Sao Paulo, en Brasil.
La ruta discurre por senderos alejados de carreteras y zonas urbanas. Allí come y duerme "donde Dios quiere", que viene a ser en albergues y casas particulares donde le dan cobijo y le permiten regresar a casa casi con los 250 euros íntegros que se echó al bolsillo cuando salió. Además de Fátima, Gil ha tenido que ir a Machu Pichu; al santuario angoleño de Muxima, en plena guerra civil, y a Santiago de Compostela. En este último caso, llegó a lomos de un caballo desde la localidad portuguesa de Sintra, tal y como su cliente había prometido. "Tuve que aprender a montar; nada es fácil, pero todo es posible cuanto estás en estado de gracia", asegura.
Su mujer y sus dos hijos se han acostumbrado a esta forma de vida del cabeza de familia, que ya prepara su próxima escapada en octubre a Sao Paulo (Brasil) para visitar a Nuestra Señora de Aparecida. ¿Precio? Se niega a decirlo. Lo que sí es seguro es que irá con los gastos pagados.
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Ana del Castillo
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