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Dicen una de las leyendas urbanas santanderinas más divertidas que hace años apareció por el paseo Pereda un cartelito muy formal que avisaba de que « ... con viento sur, los señores reciben por detrás». Por Mola, vamos. Pero, más allá de malas lenguas, está claro que ese viento tiene una importancia capital en esta ciudad. Suele sorprender, y mucho, el disgusto generalizado cuando sopla el sur en la ciudad. Los foráneos alucinan con que, en lugar de disfrutar de la benevolencia de los termómetros, los locales sufran unas tremendas jaquecas, que son una especie de ESTV o enfermedad santanderina de toda la vida, porque solo las sufren los de aquí.
Al sur se le culpa del gran incendio del 41, y otros muchos, y de incontables naufragios, aunque actualmente a los que de verdad afectan, y mucho, esos aires es a los aviones que vienen y van de Parayas. Sobre todo, a los que llegan. Y es que ese viento de cola resulta de lo más traicionero; que se lo pregunten a los pasajeros que esta semana tuvieron que desembarcar en Asturias, Bilbao y hasta en Zaragoza, porque en el Seve Ballesteros fue imposible. O a los que el domingo anterior volvíamos de Barcelona y nos dieron una vuelta gratis. Ya habían tocado tierra las ruedas del avión cuando, de improviso, el aparato volvió a elevarse y nos deleitó con una ruta turística hasta Unquera y vuelta a la Bahía de Santander. Aterrizamos al segundo intento, y el piloto explicó entre aplausos que se le había quedado corta la pista, por el viento. «El que diga que no ha pasado miedo, miente», dijo un pasajero. Los demás empezamos a comprender el porqué de la mala fama del viento sur.
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