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El Observatorio para la Violencia Obstétrica de Cantabria pretende sensibilizar sobre la existencia de la violencia obstétrica y la necesidad de acabar con ella, tanto ... a la sociedad civil, como a los y las profesionales; acoger y acompañar a las mujeres que hayan sufrido violencia obstétrica legitimando su sufrimiento; asesorar a las mujeres sobre las conductas que pueden adoptar para atender sus necesidades y reparar en la medida de lo posible el daño sufrido; así como hacer propuesta a la administración de prácticas asistenciales que impidan que las mujeres sufran violencia obstétrica.
A partir de los siglos XVII-XVIII la asistencia a la salud de las mujeres y la atención al parto, que hasta entonces eran atendidas por otras mujeres comenzó a ser atendida por hombres tras un proceso intencionado de hacerse con el control de este campo. El que los expertos en la salud de las femenina fueran hombres trajo consigo una expropiación del saber de las mujeres de sus propios procesos convirtiendo en expertos a quienes no los vivían y que valoraban la salud de las mujeres en función de sus intereses sexuales y reproductivos. Esto, unidos a otros factores históricos y sociales, ha medicalizado procesos fisiológicos femeninos a la vez que ha desatendido enfermedades propias de las mujeres tanto en su investigación como en su asistencia. El ejemplo más evidente en nuestros tiempos es como nos han convencido de que necesitamos 'una revisión ginecológica anual' a través de la cual se ha controlado durante muchas décadas nuestra salud reproductiva y sexual. Es curioso como hemos llegado a no plantearnos que tanto hombres como mujeres tenemos órganos vitales comunes que no nos revisamos anualmente, porque sabemos que no sólo no es necesario, sino que ademas puede producir yatrogenia (daño o efecto adverso en la salud del paciente que resulta de una intervención sanitaria) y hemos naturalizado la 'necesidad' de la revisión anual ginecológica que es fácil comprender cuántos intereses ideológicos además de económicos tiene.
Esta delegación del control de la salud de las mujeres en los profesionales conlleva un trato especial por parte de los mismos por el hecho de atender a la población femenina.
La Declaración de la OMS de 2014 sobre 'Prevención y erradicación de la falta de respeto y el maltrato durante la atención del parto en centros de salud', afirma: «Un número cada vez mayor de investigaciones sobre las experiencias de las mujeres en el embarazo y, en particular, en el parto, plantean un panorama alarmante: muchas mujeres en todo el mundo sufren un trato irrespetuoso, ofensivo o negligente…». En nuestro país también ocurre. La investigadora Desirée Mena-Tudela tras entrevistar a casi 18.000 mujeres entre enero de 2018 y junio de 2019, sobre al atención al embarazo, parto, posparto y abortos, concluyó que el 44,4% cree haber recibido procedimientos innecesarios o dañinos; el 87,6% recibió críticas por su comportamiento o un trato infantilizador y casi el 40% cree haber sido víctima de violencia obstétrica. Y la Convención sobre la Eliminación de todas las formas de Discriminación contra la Mujer (Cedaw) ha condenado al Estado español en tres casos de violencia obstétrica.
¿Y qué es la violencia obstétrica? Puede definirse como aquella que ejercen los sistemas de salud y los profesionales sanitarios sobre el cuerpo y los procesos reproductivos de las mujeres y que se expresa en un trato jerárquico deshumanizador, en un abuso de la medicalización y patologización de los procesos naturales del embarazo, parto, puerperio y lactancia que ocasiona una pérdida de la autonomía y capacidad de decidir libremente sobre sus cuerpos y sexualidad, impactando negativamente en la calidad de vida e las mujeres, sus hijos y familias. Ejemplos de ella serían no respetar el protagonismo y la autonomía de las mujeres; ignorar los planes de parto y nacimiento; no informar; no respetar sus decisiones y preferencias; no aceptar la autonomía de las mujeres gestantes para decidir los riesgos que quieren asumir; considerar a las embarazadas como sujetos pasivos, objetos de intervención y a los profesionales como los sujetos activos; no recibir apoyo profesional en los abortos, en los casos de duelo perinatal o en los tratamientos de fertilidad; o la desatención a la salud mental en el embarazo, parto o cualquier otro proceso reproductivo.
En Cantabria la situación ha mejorado sensiblemente en las últimas décadas. Aún así las y los profesionales sanitarios no podemos negar la existencia de la violencia obstétrica. La historia de la atención sanitaria, nos muestra claramente lo que Julio Verne afirmaba: «La ciencia se compone de errores que son los pasos hacia la verdad». Como personas de ciencia debemos realizar una revisión permanente de nuestras prácticas y cultura profesional a la luz de la mejor evidencia científica disponible y de la evolución de la sensibilidad y de las aspiraciones de una sociedad que actualmente considera como valor superior la autonomía de las pacientes y los cuidados centrados en sus necesidades y preferencias. Y las mujeres tenemos que terminar con la naturalización que hemos hecho de este tipo de asistencia infantilizadora que recibimos.
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