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Ustedes sabrán perdonar esta breve licencia 'dylaniana'. Los recientes acontecimientos bélicos y pandémicos del mundo lo obligan a uno a echar mano de los símbolos ... más fuertes -acaso de la idolatría que denuncian todos los monoteísmos- para afrontar el temporal. El caso es que, en 2010 (y con algún retraso), se estrenó en España la película 'I'm Not There', dirigida por el cineasta estadounidense Todd Haynes. La cinta evocaba las distintas facetas de la trayectoria de Bob Dylan, pero con una dosis de perspicaz originalidad. ¿Qué pasaría -se pregunta Haynes- si el imprevisible cantautor de Minnesota no cambiase tan a menudo de máscara; si no se empeñase en interrumpir de pronto sus querencias (o sus imposturas) momentáneas cuando estas parecen ser ya las definitivas? La película exploraba estas posibilidades: el músico comprometido termina radicalizado, el roquero anfetamínico muere en el famoso accidente de moto y el artista renacido como cristiano abandona la música para fundar una Iglesia. Dylan, en la realidad, probó todas estas opciones, pero se detuvo a tiempo.
Y esto nos lleva a Bucha. Yo no sé ustedes, pero un servidor nada sabía de la existencia de Bucha y de su importancia estratégica hasta que llegaron las terribles noticias. Este acercamiento superficial y de urgencia del espectador medio occidental a los acontecimientos de la historia nos condena como especie, pero nos salva como individuos. Todo parece dirigirse hacia una experiencia parcial de las cosas importantes. La actualidad exige rápidos cambios de plano: ahora, una crisis económica sin parangón; más tarde, un virus asesino y global. Por último, la guerra, otra vez, en suelo europeo. Evitando, eso sí, que el padecimiento resulte insoportable y definitivo.
El destino ha implementado en los últimos años un apocalipsis por fascículos, de fondo grave, pero formas dinámicas, perfectamente adaptado a la sociedad del espectáculo. Todo lo hemos vivido antes en la ficción. Por mucho que nos duela el mundo, no somos capaces de asumir del todo las promesas de destrucción y barbarie; no vemos el abismo ni la fragilidad de todo esto. Nacidos en una época de abundancia y progreso, la derrota de la libertad o las amenazas de desabastecimiento no nos hieren. Permanecemos tranquilos ante las pantallas, quizás ansiosos por saber cuál será la próxima aventura, pero sin mirar al cielo en busca de algún misil ruso con malas intenciones. Nos lanzamos a aplaudir a los sanitarios por las ventanas e, incluso, corremos a alistarnos para defender Ucrania de la invasión. Pero, al día siguiente, analizamos la bofetada de Will Smith y filosofamos sobre los límites del humor. Desde luego, sin implicarnos demasiado. Al fin y al cabo, no es nada personal.
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