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Todo empieza por casualidad: en un sistema integrado un detalle aleatorio e insignificante acaba implicando gigantescas diferencias en comportamientos futuros. Esto es, en esencia, lo ... que propone la teoría del «efecto mariposa», emparentada con la teoría del caos: el aleteo de una mariposa en China provoca un huracán en sus antípodas. Cuanto mayor es el sistema, mayor el número de variables a tomar en cuenta y mayor, también, la imposibilidad de controlarlo o de predecir sus consecuencias.
En este caso, puestos a encontrar símiles verídicos y comparaciones a escala, el tamaño exacto del virus en cuestión, el covid-19, es de una 70 millonésima de milímetro; esto es, frente al organismo de un ser humano, su pequeñez es equivalente a la de una gallina respecto a todo el planeta Tierra. Metáforas aparte, la globalización es el factor que explica cómo, hace apenas unas décadas, el bicho en cuestión probablemente no hubiese traspasado las fronteras de Asia, pero en el mundo globalizado, hiperconectado y acelerado de hoy en día, en apenas un par de semanas logró extenderse por todo el planeta infectando a cientos de miles de personas. Precisamente por este motivo, los analistas coinciden en que el covid-19 no representa un «cisne negro» aunque genere un gran impacto al verse amplificado por la globalización. Según la teoría del «cisne negro» del pensador libanés Nassim Nicholas Taleb, la pandemia covid-19 es un acontecimiento inesperado, aunque no improbable ni inevitable.
Esta no es la primera crisis que provoca la globalización, pero sí la primera que se ha propagado de Oriente a Occidente. Es, también, la primera crisis del mundo moderno en la que los países asiáticos (como Singapur, Corea del Sur, Japón o la propia China) son un referente de agilidad y efectividad en la gestión gubernamental de la misma, o de actitud cívica, disciplina y solidaridad por parte de sus ciudadanos. Estos ejemplos, como los de Alemania, Escandinavia o Nueva Zelanda, demuestran que el factor singular que mejor parece explicar el modo en que un país gestiona una crisis no es, sólo, la capacidad del Estado sino, sobre todo, la confianza de la población en su gobierno. Es preciso, en este punto, llamar la atención de cómo la mayoría de los 10 países que mejor y más ágilmente han controlado la epidemia covid-19 en el mundo están gobernados por mujeres. Sin duda parece existir algún tipo de vínculo entre la confianza de los ciudadanos en su gobierno y un estilo femenino de gobernanza.
La crisis y el trauma que ha generado esta pandemia probablemente anime a muchos a desear limitar algunos de los factores que han convertido el covid-19 en un problema de dimensiones planetarias. Así, empiezan a surgir voces que defienden la adopción de medidas proteccionistas y aislacionistas que ayuden a revertir el proceso de globalización o de integración económica internacional. Lo cierto es que el grado de conectividad e interdependencia global es irreversible. La «desglobalización» es inviable y, según los expertos, sólo una erupción solar masiva que dañe irremediablemente nuestros sistemas de telecomunicaciones generando un apagón global, puede devolvernos a los años 50 del siglo pasado. Dudo que nadie, en su sano juicio, desee honestamente un escenario así.
Al contrario, esta pandemia viene a poner de relieve la dimensión global de los grandes problemas que amenazan hoy a nuestra especie y a la convivencia pacífica en el planeta. La actual crisis vírica demuestra, precisamente, que los problemas planetarios sólo se pueden resolver en coalición planetaria y que la globalización no es la causa de nuestros males sino parte de la solución. El multilateralismo es, ahora, más necesario que nunca, pero se hace imprescindible revisar muchos de nuestros actuales patrones de dependencia y cadena de suministro (por ejemplo, material médico, fármacos, etc.) de lugares distantes geográficamente para evitar situaciones de desabastecimiento en artículos estratégicos y de primera necesidad. Vivimos tiempos contradictorios y paradójicos, pero hoy en día sólo un pesimista puede concluir que el mundo está peor de lo que ha estado antes. Lo cierto es que, como especie, nuestra situación es ahora mejor y, al mismo tiempo, más delicada que nunca. Pandemia aparte, ahora la humanidad en conjunto vive muchos más años de manera más sana, segura y mejor que nunca antes. En contra de aquellos que opinan que la pandemia covid-19 va a ser el evento de mayor impacto en la economía global de este siglo, yo coincido con los que creen que esta crisis es sólo un simulacro de las muchas crisis que, aún, nos deparará este siglo XXI. Para bien o para mal, todos vamos en el mismo barco. Estamos unidos, en la salud y en la enfermedad, en una sola red que nos conecta unos con otros, de manera que cada vez serán menos los acontecimientos de cierta significancia que no nos afecten a todos.
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