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Se avecinan tiempos difíciles. Desastres de todo tipo pueden suceder de manera inminente. Hablamos de catástrofes medioambientales, pero también de conflictos armados, de ataques preventivos: ... lo que antes llamábamos guerras, vaya. Estamos situados en un momentáneo período de entreguerras, en el que, al igual que en esos felices años veinte del siglo pasado, deberíamos exaltar los placeres de la vida, conscientes de la fugacidad de ésta.
Sin embargo, las autoridades competentes y los medios de comunicación, en lugar de glosar las bondades del carpe diem, nos avisan de forma machacona sobre los peligros que penden sobre nuestras cabezas. Quieren que estemos preparados. Con pilas y linternas, con botes de garbanzos y tiritas: todo eso. Parece algo lógico si nos enfrentamos a incendios, terremotos, riadas, tsunamis o tornados. Otra cosa es la guerra. Quiero decir, los enfrentamientos bélicos. La vieja y decadente Europa planea gastar más en defensa, siempre que no sea en cosas de matar gente o para el rearme, eso no. Infraestructuras y tecnología, dicen. Y para nosotros, kits de supervivencia. El 2 de mayo de 1808, el pueblo de Madrid se levantó contra la invasión francesa. Lo hicieron hombres y mujeres de todas las edades, usando cuchillos, piedras, macetas, útiles de labranza y hasta agujas de coser. No sé qué tipo de respeto podemos infundir ahora en hipotéticos enemigos. Enemigos que se pasan por el forro los derechos humanos y la legalidad internacional.
El caso es que si la amenaza bélica es real, vamos tarde y mal. Y si forma parte de esa verborrea interesada que pretende alimentar los miedos, tirando del rollo de los búnkeres y la supervivencia, con fines desconocidos pero que podemos imaginar; en este caso, se pueden ir al carajo con sus guerras, sus armas y sus kits de supervivencia.
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