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De todos los barullos dialécticos de los últimos meses una página del periódico despertó, el otro día, un desacostumbrado respeto. Quizá porque viene inspirada por ... un filósofo. Quizá porque reivindica la dignidad, que es lo único que no nos pueden arrebatar. Aunque con demasiada frecuencia prescindimos de ella nosotros mismos. Sobran ejemplos de renuncias. Algunas, incluso, se aplauden. Para qué complicarse la vida, no vas a ganar nada.
Chillida –frase muy repetida– decía que el nivel de dignidad tiene que estar por encima del nivel del miedo. A perder un sillón, por ejemplo. Los muros de la Magdalena son imprescindibles pero, si hace falta, les derribo para mantener el poder. Y lo llamo consenso o flexibilidad para disimular que el fin justifica los medios.
La Menéndez Pelayo se estrena dando voz a Javier Gomá quien, en una reconfortante reflexión, reivindica la dignidad como el concepto más revolucionario del siglo XX. Una resistencia ética que implica ejercer pensamiento y acción crítica; reivindicar las propias convicciones frente a las presiones o el discurso dominante. A veces hay más dignidad en la derrota que en la victoria. Es difícil hacer a un hombre miserable –dijo Lincoln– mientras sienta que es digno de sí mismo.
Desafortunadamente la dignidad es un valor sustituido en equivocado sinónimo por la soberbia, el desprecio al contrario y el utilitarismo amoral que se predica con gran efusión. Kant distinguió entre lo que tiene precio y lo que tiene dignidad, en el sentido de valor moral. Si una persona no tiene valores, tendrá precio. Pero esta amenaza no reconduce esta geografía contemporánea donde sólo cabe aquello que procura un beneficio tangible, no moral.
Esta semana Habermas ha cumplido 90 años. El discípulo de Adorno, el último representante de la Escuela de Frankfurt, confesó hace tiempo en una entrevista que los intelectuales no hablan porque ya no hay lectores interesados en sus argumentos. El coronel de García Márquez no tiene quién le escriba. Ni Habermas quien le lea. Mientras, una frase de Trump sacude el mundo, otra de Ceruti la burbuja santanderina y otra de Revilla revienta el audímetro de El Hormiguero.
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Ana del Castillo
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