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«Si te digo la verdad, miento», manifestó a bote pronto, incurriendo en flagrante oxímoron, cierto político de altura que era intelectualmente más bien escaso ... de talla. Si el político dice la verdad, miente. Porque su ser natural, lo que le distingue, es hacer pasar por verdad la mentira propia y por mentira la verdad ajena.
Cuando se anuncian elecciones, todo aspirante a ganarlas va de mitin en mitin y de rueda de prensa en rueda de prensa encadenando ofrecimientos programáticos que naturalmente no piensa cumplir. Un suponer: autobús gratis para los mayores de setenta años y una cesta de Navidad para los pobres de solemnidad que no tenga nada que llevarse a la boca. Expuesto así, arranca aplausos de sus conmilitones. Quienes, naturalmente, están en el secreto de que es una propuesta imposible.
De ahí que los ofrecimientos electorales no se manifiesten ante notario. Que es como el pueblo soberano debería exigir que se hicieran las propuestas programáticas. Por escrito. En solemne escritura notarial y con sello de entrada en el Registro.
Los políticos encarnan la figura de los embusterones mitológicos. Y como las meigas, existir no existen, pero abundan. Como ya tengo por aquí expuesto, forman parte del rito cántabro de la magosta, consistente en asar castañas a fuego vivo de hojarasca de castaña para comerlas en fiesta comunal regadas con refrescante vino blanco, que es el que mejor le va a las castañas asadas.
Tradición manda que quienes celebran la magosta cojan la castaña más fea del montón, que mentalmente le pongan nombre y la sitúen en las cenizas. Donde al acabar la magosta, la buscará la bruja embusterona o el brujo embusterón. Y, ay, si no la encuentra. Deducirá que las urnas le darán la vuelta en lo comicios, que sacará menos votos de los esperados y que tendrá que ceder el paso al vencedor e irse a casa. Condiós.
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Ana del Castillo
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