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Putin no ha ganado un Oscar en Hollywood. Netanyahu tampoco. Casi todos han sido para Oppenheimer, película sobre el físico que inventó la bomba atómica. Rusia amenaza con armamento nuclear en la guerra contra Ucrania. Israel, si fue justa su respuesta al ataque de Hamás, perdió el derecho a la defensa al violar el Orden Internacional en Gaza. ¿Se imaginan estas guerras con Trump en la Casa Blanca? Putin estaría sentado en Kiev con los pies encima de la mesa y solo habría ceniza en Gaza.
Consciente de su sabiduría, Oppenheimer se preguntó sobre la utilidad o barbarie del invento atómico. Putin y Netanyahu no dudan: la soberanía de los Estados ... y la bestialidad de bombardear a civiles no les inmuta. Como todos los dictadores transforman la violencia en autodefensa para que parezca legítima. Así justifican las guerras estos héroes de latón.El mundo parece satisfecho arrojándose al abismo cada dos por tres. Pasado el cataclismo universal del covid, los hechos nos recuerdan con crueldad que la historia de la humanidad es la de las pandemias y las guerras. En momentos cruciales para la estabilidad mundial el arma por excelencia es la palabra. El consenso de populares, socialdemócratas y liberales en la UE para ayudar a Ucrania y garantizar nuestra seguridad futura es esperanzador.Quizá sea osado hablar de esto porque no caben lamentos viviendo en el privilegio de la Paz. Pero ante quienes confunden patriotismo con tolerancia al crimen, el silencio seria otra forma de maldad. «La Paz más injusta es siempre mejor que la más justa de las guerras» (Cicerón). El Papa pide sacar bandera blanca.
A las guerras siempre se llega cautivo de doctrinas y desarmado de argumentos. Sun Tzu, en su milenario tratado sobre 'El arte de la guerra' lo expresaba así: «La doctrina da lugar a la unidad de pensamiento; nos inspira una misma manera de vivir y de morir y nos hace intrépidos e inconmovibles en las desgracias y en la muerte». Vale para todos, aunque no consuele a nadie.
El mal supremo que cada día nos sirven los medios de comunicación es la consecuencia del fracaso de la política, la diplomacia y los derechos humanos. Hasta los dioses parecen sordos, a juzgar del silencio que inunda catedrales, mezquitas y sinagogas. Sus máximos representantes en la tierra deberían aparecer juntos exigiendo el fin de las barbaries que se suceden en tantos puntos del mundo. No solo en Gaza y Ucrania.
Todos los días, la barca de Caronte, acerca a nuestras costas náufragos de guerras olvidadas. Nadie sabe qué hacer con ellos. Ese es nuestro fracaso.
Mientras tanto, como en la vieja canción de Silvio Rodríguez, cada escombro, cada sudario, cada cuenca vacía y cuerpo desmembrado albergarán serpientes de odio con más infierno en su interior.
A quienes no podemos pontificar sobre razones de geopolítica mundial sólo nos queda posicionarnos con el bando de los inocentes y de los que ayudan a que la paz no sea la paloma equivocada y abatida de la Historia.
Gracias a Open Arms, a José Andrés y a tantas organizaciones humanitarias que aportan lo que saben hacer a las víctimas de quienes no hacen lo que deben.
Zweig, Stephan (Viena 1881–Petrópolis 1942). La vida y la muerte de este escritor judío y cosmopolita es un buen hilo conductor para filosofar sobre la guerra. Sobre la guerra, cualquier guerra, todas las guerras.
Basta repasar su posición pacifista ante el estallido de la Gran Guerra, su melancólico recuerdo de cómo la vida era maravillosa antes de 1914 o su doble suicidio junto a Lotte, su mujer, con la Segunda Guerra Mundial como detonante: un Zweig atormentado por el futuro de Europa ante la amenaza nazi, se rinde en un final tan trágico como los desenlaces de sus poderosas novelas, como las vidas y amores de sus personajes.
La persecución a la que se vio sometido por ser judío y su posición contra el nacionalismo, al que definió como «la peor de todas las pestes», le habría condicionado íntimamente, seguro, pero… juguemos a la ucronía. ¿Qué postura habría adoptado Zweig ante las guerras declaradas después de su muerte? ¿Cómo se habría manifestado, por ejemplo, ante los dos conflictos que mantienen en vilo a occidente en Gaza y Ucrania? ¿Para Israel y Palestina, habría defendido la solución de los dos Estados que los propios contendientes vienen rechazando desde 1937 o lo habría catalogado de comodín salomónico, válido para criticar los excesos de Israel al tiempo que respiramos aliviados por tener un muro de contención que guarda a occidente del avance del terrorismo yihadista?
Casi prefiero jugar a la utopía, como las misses que desean la paz mundial y que todas las guerras finalicen OK (0 killed).
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