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Las ferias siempre sabían a verano. Eran tiempos para el entretenimiento, descanso y de expectante alegría, felizmente finalizado ya el curso. Las ferias recorrieron todos ... los lugares posibles que existían en la ciudad. Sus comienzos fueron bastante inciertos pues las llevaron y se instalaron lo que conocemos hoy por el Alto de Miranda, donde terminaban algunas líneas de tranvías y luego de autobuses. De ahí pasaron a la Segunda Alameda a mediados del siglo XIX y casi toda la primera mitad del XX.
Tras las reformas profundas y pertinentes de dicha Alameda hacia finales de los años cuarenta, fueron levantadas en el muelle de Maliaño, junto a los edificios de Aduanas, el Servicio de Sanidad Exterior y la Comandancia Militar de Marina, en la primera mitad de la década de los 60. Más tarde fueron a parar a la Plaza de las Estaciones para inicios de los años 70. Seguidamente, ante los ruidos y la necesidad de adecentar dicha plaza, pues era un solar desperdiciado, el ayuntamiento decidió enviarlos a la ensenada del Camello, en el Sardinero. Las dos últimas son las que más recuerdos mantiene mi memoria.
Más tarde de nuevo aparecen en la Segunda Alameda, la zona más cercana a Cuatro Caminos, en la década de los años 80 pero ante la necesidad de adecentarla y la protesta vecinal se decide llevarlas a la Albericia ya en los años 90. De aquí fueron emplazadas al Rostrío, en los aledaños de la Virgen del Mar, muy alejadas de la capital. Ya entrado el siglo XXI, a finales de la primera década se instalan en lo que eran los terrenos de los Campos de Sport del Racing del Sardinero, junto al pabellón de la Ballena o Palacio de Deportes de Santander. Qué ferias aquellas.
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Ana del Castillo
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