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En los últimos meses han surgido noticias alarmantes acerca del estado en que supuestamente se halla el extraordinario tesoro bibliográfico que Marcelino Menéndez Pelayo reunió ... a lo largo de su vida y que, a su fallecimiento, donó a la ciudad de Santander. Un análisis sosegado de las mismas permite observar, sin embargo, que están salpicadas de errores e, incluso, contienen afirmaciones falsas.
Durante 41 años (hasta mi jubilación en 2018) he sido funcionaria del Ayuntamiento de Santander como técnica en la Biblioteca. Dentro de ese lapso, y por ausencia de director titular, también he ejercido las funciones de directora en dos periodos: desde 1994 a 1996, y desde 2004 a 2018. Por eso, quiero que se conozcan algunas cosas.
Mi segunda etapa como directora comenzó con enormes dificultades, derivadas esencialmente de cuanto había sucedido entre 1996 y 2001, periodo aciago en el que la Biblioteca quedó en una situación precaria. En semejante contexto, y pese a mis esfuerzos, las necesidades más importantes nunca recibían una respuesta adecuada.
Ante la imposibilidad de encontrar soluciones en Cantabria, opté por buscarlas en otras latitudes. Tras diversas gestiones, establecí contacto con el Instituto del Patrimonio Cultural de España (IPCE), organismo dependiente del Ministerio de Cultura cuyos responsables pusieron a mi disposición todos sus medios.
Animada por tamaña voluntad (cuyo primer fruto fue la restauración de varios libros valiosísimos), concebí la idea de restaurar toda la Biblioteca con el asesoramiento del IPCE. Tal designio quedó lo bastante perfilado en 2011 como para que, tras dárselo a conocer al entonces alcalde de Santander (Íñigo de la Serna Hernáiz), este formulara la correspondiente solicitud oficial a dicho organismo.
Después de que sus responsables aceptaran esa petición, el IPCE realizó diversos estudios acerca del estado y necesidades del conjunto de la Biblioteca. Y, a partir de ellos, en agosto de 2017 presenté al Ayuntamiento un informe con todo lo que debía contemplar un Plan de Restauración Integral. Dicha iniciativa había de ser afrontada con cargo al conocido como '1,5 % Cultural' del Ministerio de Fomento.
Tan pronto como el Ministerio aprobó el proyecto, centré mi atención en cómo realizar el traslado de la colección bibliográfica. La consecución de un local idóneo para depositar temporalmente los libros iba a ser posible gracias a la Consejería de Cultura, que cedió unas dependencias del Archivo Histórico Provincial de Cantabria. Por su parte, la tarea de transportar los fondos bibliográficos, pautada por directrices técnicas del IPCE, le sería confiada a la empresa guipuzcoana TSA.
Mi última jornada de trabajo fue el 31 de julio de 2018. Ese día hice entrega de mis funciones como directora de la Biblioteca y de sus llaves a la autoridad de quien dependía directamente: la concejal de Cultura (Miriam Díaz Herrera). También estuvieron presentes la alcaldesa (Gema Igual Ortiz) y varias personas del ámbito cultural a las que yo había invitado.
En el curso del referido acto, celebrado en la sala de lectura, tanto la concejal como yo firmamos un acta alusiva al trámite que nos ocupaba, haciendo lo propio luego, como testigos, los demás asistentes. Seguidamente, los congregados recorrimos las distintas dependencias de la Biblioteca, entre ellas, el despacho del director. En este abrimos los armarios-vitrina y la caja fuerte, mostrando su contenido a los presentes.
Fue un día especial para mí tanto porque, después de 41 años, finalizaba mi etapa laboral como por la satisfacción que me producía entregar la Biblioteca habiendo conseguido poner en marcha un ambicioso proyecto de restauración que no le iba a costar nada a las instituciones de Cantabria.
Por eso, me asombran los comunicados recientes sobre la Biblioteca. Aunque se han publicado numerosas barbaridades, voy a centrarme solo en la más grave.
Se ha afirmado, a partir de un informe elaborado por la empresa de patrimonio TSA en 2020, que el agua que sofocó el fuego del MAS dañó los libros de la Biblioteca de Menéndez Pelayo filtrándose a la misma, concretamente al despacho de don Marcelino, donde estaban los ejemplares más valiosos, pese a haberse asegurado tres años antes, cuando tuvo lugar el incendio, que la biblioteca no se había visto afectada por la intervención de los bomberos.
Antes de proseguir, resulta necesario hacer dos precisiones. La primera, que la Biblioteca de Menéndez Pelayo es anterior al edificio que acoge al Museo Municipal (MAS) y que el sabio santanderino prohibió en su testamento que cualquier otro inmueble tocase al que contuviera sus libros; de resultas de ello, los edificios que acogen estos y el MAS, respectivamente, están muy cerca uno del otro, pero no son anexos, lo cual es importantísimo en caso de incendio. Y la segunda, que el despacho de don Marcelino se encuentra en el lado occidental de la Biblioteca, mientras que el que está en el lado oriental (es decir, el más próximo al MAS) es el del director.
Realizadas estas puntualizaciones, puedo decir que es falso que el agua empleada para apagar el incendio del MAS afectara al edificio o a los fondos de la Biblioteca. Sucede que el siniestro tuvo lugar el 20 de noviembre de 2017, cuando yo todavía me encontraba en activo, razón por la que estoy en condiciones de aseverarlo. También lo pueden ratificar, aparte del jefe del Cuerpo Municipal de Bomberos (quien ya lo ha hecho en un informe concluyente), la vigilante y la limpiadora que trabajaban por entonces en la Biblioteca, así como el personal de Talleres Municipales que lo comprobó. Igualmente, pueden confirmarlo algunas personas que se acercaron en aquellos días a la misma para interesarse por los daños que hubieran podido producirse; diversos investigadores que acudieron en los meses siguientes a hacer sus trabajos; además de quienes me acompañaron en mi despedida laboral. Y, por si fuera poco, existe un amplísimo reportaje de fotografías e imágenes de vídeo que encargué y presenté a las autoridades coincidiendo con mi jubilación para evidenciar cómo dejaba la Biblioteca.
En suma, no es verdad que el agua utilizada por los bomberos en el MAS causara daños en la Biblioteca. Y, si en un informe elaborado por TSA aparece esa mentira, es porque alguien se la ha inculcado a los responsables de dicha empresa. Ante semejante infundio, cabe preguntarse: ¿qué ocurrió en la Biblioteca entre el 1 de agosto de 2018 y el verano de 2019, cuando los libros fueron trasladados al Archivo Histórico Provincial? ¿Quién (o quiénes) ha(n) propagado informaciones falsas sobre ello? ¿Cuál es el motivo de que lo haya(n) hecho?
Quienes ostentan actualmente cualquier tipo de responsabilidad sobre la Biblioteca deben aclararlo, rectificar de forma pública lo que ha aparecido en diversos medios y, si procede, emprender acciones legales contra quien(es) corresponda. Los ciudadanos de Santander, como propietarios de la Biblioteca, tienen derecho a conocer la verdad y a que, llegado el caso, se actúe contra quien(es) menoscaba(n) intencionadamente el prestigio o, incluso, hasta la integridad de su patrimonio cultural.
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