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El asunto, para los que lo desconozcan, comenzó con el presidente republicano de los EE UU James Monroe (1822), el cual, con esta frase histórica, « ... América para los americanos», comenzó un periodo histórico que aún hoy nos persigue. Su significado estaba claro, no quería que Europa pudiera invadir o tener colonias en el continente americano. Norteamérica debía ser el guardián para llevar a término dicha doctrina, siempre en beneficio propio, con el control del comercio, apropiándose de los recusos mineros y con el control de todas las grandes empresas del momento en América y Asia. Ahora no es solamente el continente americano el amenazado sino todo el mundo occidental. Veamos:
Sesenta años más tarde de aquel eslogan, el 25 presidente de EE UU, William McKinley (1890-1901), que antes de ser presidente destacó como miembro del Partido Republicano además de presidir el Comité de Revisión de Leyes en el Congreso, fue el artífice de la 'Mckiley tariff', impuesto por el que EE UU imponía a los países con los que comerciaba incrementos de los aranceles a las importaciones. Su candidatura a las elecciones presidenciales fue diseñada por Mark Hanna (rico industrial), quien introdujo nuevas técnicas de publicidad que revolucionaron las campañas políticas. McKinley depositó toda su confianza en él a la hora de llevar su campaña electoral. Su discurso de campaña se basó en potenciar la industria y la banca y promover el pluralismo entre los grupos étnicos, teniendo un grandísimo apoyo de la clase trabajadora. Además, fomentó la actividad mercantil de EE UU y la convirtió en una potencia militar mundial tras su victoria en la guerra hispano-estadounidense a la que él nos llevó, para lo cual se valió del engaño propagandístico a que sometió a la ciudadanía americana criminalizando falsamente a España con respecto a Cuba y usando la voladura del Maine como detonante para que los norteamericanos nos declararon la guerra. Esta guerra supuso a la postre la pérdida para España de sus últimas colonias (Cuba, Puerto Rico, la isla de Guan y Filipinas) y el fin de una época para nuestro país.
A Filipinas finalmente la utilizaría para controlar el comercio en Asia. Europa en aquel momento no hizo ningún gesto en favor de España y menos los ingleses, que se convirtieron en aliados a la sazón con el objeto de controlar el orden mundial de la época. Dicha alianza ha perdurado hasta nuestros tiempos, finalizando hace muy escasos años. El presidente McKinley terminaría muriendo como consecuencia de un atentado que sufrió a manos de un activista anarquista.
Después de décadas de hegemonía norteamericana en todos los conflictos importantes del mundo, desde Europa hasta Asia así como con el mundo árabe, la llegada a EE UU de un nuevo presidente, Donald Trump, de padre alemán y madre escocesa, republicano, magnate dedicado al mundo inmobiliario y ya en su segundo mandato presidencial, ha comenzado con una clara declaración de intenciones, algo así como un 'aquí mando yo'. Para ello ha redactado leyes para poder expulsar a los hispanos americanos residentes irregulares en su país y ha suprimido la lengua española de la Casa blanca como medio oficial de comunicación.
Para llegar a la presidencia utilizó los medios de propaganda a su antojo, las mentiras, las descalificaciones personales a sus oponentes políticos y a los hispano-parlantes (como fue la aseveración de que comían gatos). Tras esto están las empresas propagandistas pagadas por los sectores industriales más potentes de EE UU. En esta ocasión no pensó en España como chivo expiatorio como lo hizo su antecesor 184 años antes. Ahora su objetivo se ha centrado en la sufrida Ucrania y los réditos que podía sacar de ella. Mientras, Europa está descuidada y dividida, enzarzada en un 'totum revolutum' de ideologías y facciones (democristianos, social demócratas, liberales, nuevos comunistas, nuevos ultras de derechas, nacionalistas pueblerinos...), dejándola desprotegida y a expensas de que se la pueda comer tanto él, como China. Ha debido pensar: nos la comemos nosotros ya que Rusia está actualmente tocado. Los muertos que Rusia lleva en la guerra con Ucrania pesan sobre ella. Además, pretende proclamarse salvador en Asia frente al empuje del gigante China, todo ello unido a que ahora Gran Bretaña ya no es determinante en el panorama mundial, no existe un Churchill que impida, como en 1945, que EE UU y Rusia se repartan Europa.
Mientras, aquí, en la pobre España, tenemos nuestra propia opereta: por un lado Abascal y Vox. Ellos, los más genuinos españoles, los ultras, únicos defensores de la patria, se alinean y se ponen a las órdenes del jefe Trump; por otro los independentistas, enemigos de todos y reñidos entre ellos, y finalmente el presidente Sánchez, preocupado de ser el líder radical de los socialistas europeos, centrado únicamente en desacreditar al PP metiendo miedo con fantasmas del pasado. Por último la extrema izquierda (Sumar, Podemos) con sus añoranzas soviéticas, que al final vienen a justificar al señor Putin.
Y entre todo este caos, los españoles, perdidos sin los valores que nos fundaron como nación, peleados según el lugar donde hayamos nacido y sin nivel intelectual entre los políticos que tienen que defender nuestros intereses. ¡Pobre España! ¡Pobre Europa!
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Ana del Castillo
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