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Era Sábado de Gloria. Lucía el sol sobre una ciudad que si estuvo más limpia años atrás, conserva el buen ver y aquello que la ... hace atractiva para el visitante. El tiempo acompañó en la Semana Santa y las terrazas de cafeterías, restaurantes y hoteles estaban tan colmadas que en algunos establecimientos se hizo imposible encontrar un lugar libre y, en otros, se advertía directamente a quienes no tuvieron la precaución de reservar lo inútil de la espera. Lo que estaba ocupado en ese momento iba a estarlo también en las horas siguientes. Se quejan los hosteleros, porque los hosteleros siempre se quejan, de que la alta afluencia no es sinónimo de mayor recaudación. El cliente, según dicen, ajusta el gasto en esta hora incierta, pero han subido los precios y hay quien empeora el servicio porque no lleva la consumición a la mesa. Todo suma para el convento.
La animación en las calles principales, en las playas, en las lanchas pedreñeras y en los parques y jardines era similar a la de cualquier día de verano. Pero en Atarazanas, la plaza de la catedral, había cierto revuelo. La causa parecía ser la inauguración de un reloj de cuenta atrás que mide, al segundo, lo que falta para la apertura de la Puerta del Perdón, en Santo Toribio, y el inicio del Año Jubilar Lebaniego. Durante tres días, los que van del sábado al lunes, el reloj marcó en sentido contrario al previsto, añadiendo cuando debía restar, con lo que nos alejaba del jubileo en lugar de acercarnos, ante la sorpresa primero, y cachondeo después, de almas paseantes poco caritativas. Mas no era ese el motivo principal de la aglomeración. La gente hacía fila para fotografiarse con un personaje, sin duda muy conocido, aunque difícil de identificar desde la distancia.
No era un actor de cine ni un deportista de éxito ni un cantante de moda. Era Miguel Ángel Revilla ese personaje con el que los visitantes querían retratarse: unos abuelos de Valladolid con su nieto, unos jóvenes de Burgos, un matrimonio de Palencia y otro de Gijón o una pareja de Toledo que se informaba de dónde podía comer por menos de dieciocho euros. Todos destacaban la popularidad en España del presidente cántabro, pero al preguntar cuál creían que era la razón, ninguno hizo referencia a la valía política o intelectual o a la gestión, sino a las apariciones altisonantes en televisión y los líos con el puro, que contribuyeron a aumentar su fama por la publicidad que se dio al caso. Este es, al parecer. el nivel de la crítica ciudadana, el de 'Sálvame'. El triunfo de lo superfluo y de la anécdota sobre el mérito. Santander, mes de abril. Era Sábado de Gloria.
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