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Este viernes nos contaba Daniel Martínez en este periódico que ahora los pubs de la región pueden abrir a las doce de la mañana, ... en vez de a las siete, como hasta ahora.
Nunca he tenido claro en qué se diferencia un pub de un bar musical, una sala de fiestas, una discoteca o una whiskería, más allá de lo que ponga en el cartel de la entrada. Allá se entiendan los funcionarios con su cartografía del ocio, para mí todos son bares de copas. Las redes sociales del siglo pasado, donde te encontrabas con los amigos y nunca sabías cómo podía acabar la noche. Pero eso sí: siempre, siempre, al ritmo de la música.
Está muy bien eso de que regulen y normalicen y cobren tasas, pero lo realmente interesante de estos locales no es la categoría de su licencia sino su función cultural. Los conciertos que se organizan, las exposiciones, los fanzines y publicaciones alternativas… Son lugares donde desborda la creatividad, y los jóvenes artistas o los que no encajan en los cánones comerciales pueden darse a conocer, y dar sus primeros pasos ante el público.
De hecho, en locales así surgió el 'pub rock' hace medio siglo, que desembocaría en la explosión del punk. Claro que todo esto es hoy pura nostalgia. Salvo media docena de honrosas excepciones, no hay locales en Santander donde puedan tocar los nuevos grupos. Y no porque no haya cantera o porque falte afición, sino por las trabas administrativas. Pero bueno, si los gobernantes prefieren que Cañadío o el Río de la Pila estén llenos de abrevaderos en vez de salas de conciertos, por algo lo harán.
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