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Número raruno a la hora de la siesta. «Ya te quieren sacar la pasta», malicio. «¡Qué va, si estoy en la lista Robinson!», responde mi ... hijo, feliz en su inocencia. Me callo, pero se me dibuja una sonrisa maliciosa, mientras el pobre despacha al teleoperador. Que no será culpa suya, pero al final acaba siendo la mano –la voz, más bien– ejecutora de una práctica que bordea los límites de la legalidad… y la paciencia.
Vamos, que ni listas ni leyes anti-spam: no hay manera de librarse del acoso del telemarketing, que es como Radio María: llega allí donde no llega nadie. Ya puedes subirte al monte más perdido, sin una raya de cobertura, que como escuches una voz, no va a ser la llamada de la fe, sino la de un comercial mejorándote la tarifa telefónica.
No es de extrañar que últimamente evitemos responder –iba a escribir 'descolgar', pero se me iba a notar mucho la fecha de nacimiento, ¿no?– a los números desconocidos. Se ha extendido, pues, ese síndrome que antiguamente solo afectaba a famosos y futbolistas profesionales, que a partir de Segunda B ya no cogían el teléfono ni aunque estuvieras en su agenda.
Pero claro, de alguna manera habrá que defenderse. En este mismo periódico nos contaba el otro día José Carlos Rojo que desde la pandemia se han disparado las estafas informáticas, y no era el argumento de una de sus novelas fantásticas, que va: eran datos policiales. Dieciséis ciberdelitos diarios, solo en esta región. Y eso que no cuenta como delito lo de venderte algo que no necesitas, un filón que explotan con los mayores. Lo curioso es que la mayoría de timos se podría evitar al estilo clásico: desconfiando. O desconectando el teléfono, que al final va a ser la solución más rápida.
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Ana del Castillo
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