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En casa nos tomamos muy en serio la seguridad, y más si lo manda la Unión Europea –ese «no se asusten, pero prepárense» no es ... precisamente tranquilizador–, así que nos pusimos manos a la obra con el kit de emergencias que recomendaban. Que es algo así como irte a la Isla de los Famosos, pero sin jejenes y sin pasar tanta hambre.
Por supuesto, no nos pusimos de acuerdo, porque Noelia es más de verduritas en tempura y yo de gominolas suecas de calaveras. Así que fue una negociación complicada, pero sin llegar a lo de Trump con Zelenski. En un acuerdo de mínimos, pactamos latas de conserva –por supuesto, ni caso a mi propuesta de anchoas–, bidones de Solares, cerillas y unas pilas y revolvimos todo el garaje porque no aparecían por ningún lado ni el camping gas ni la linterna. Sí que encontramos el viejo transistor de mi padre, aunque como solo sintoniza Radio María no sabemos si nos valdrá de mucho. De ibuprofeno, ración doble porque es nuestro medicamento favorito, pero tener combustible en casa ya nos pareció pasarse.
Ya teníamos casi llena una mochila impermeable cuando de repente nos dimos cuenta de que faltaba lo más importante. Lo explicaba mejor, claro, Federico García Lorca: «Si tuviera hambre y estuviera desvalido en la calle no pediría un pan, sino medio pan y un libro». O dos libros, porque el pan se queda tieso enseguida. O cuatro o cinco, porque recomiendan prepararse para sobrevivir, al menos, 72 horas. Pero no vean qué lío para elegir las lecturas. Total que al final decidimos habilitar una pequeña despensa en la biblioteca de casa y así, si al final pasa algo, por lo menos que nos pille preparados.
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