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Estos últimos días nos hemos divertido mucho con la confusión de testigos en los juzgados santanderinos, y no era para menos. Lo contó magníficamente Abel ... Verano, en una crónica que casi parecía un guion de Rafael Azcona: ¿Trabajó usted en Podemos? No. ¿Pero no es usted fulanita de tal? Sí. ¿Y no conoce a esas personas? Pues no… Ya siento el spoiler, por si no han visto la película, pero la escena acaba con que la testigo, una granadina que comparecía por videoconferencia, había sido citada por error, al coincidir su nombre y apellidos con el de otra persona que sí tenía relación con el caso.
En fin, nos divertimos muchísimo todos. Bueno, todos menos la pobre testigo, que desde que recibiera la citación andaría de los nervios pensando qué se le había perdido a ella en Cantabria, donde solo había estado una vez y de vacaciones, hace veinte años. ¿Se imaginan el drama?
Obviamente, para la pobre testigo todo aquello sería kafkiano, pero el resto del mundo lo definimos como 'surrealista'. Y sí, algo podría tener de película de Buñuel, como tantas cosas en la vida, pero es curioso que utilicemos ese calificativo –que alude a lo onírico y a los automatismos– cuando lo que en realidad queremos decir es 'absurdo', como es el humor de Faemino y Cansado, los Monty Python o Jardiel Poncela.
Pero como el tiempo todo lo iguala, sería divertidísimo saber cómo les sentaría a los surrealistas, los de verdad, los de principios del XX, de Breton a Dalí, que el uso popular haya conseguido que esa corriente que se tomaba tan en serio a sí misma –casi una secta con sus vacas sagradas, polémicas, cismas y anatemas– haya pasado a la posteridad como una simple teoría del humor.
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