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Empiezo donde terminé la semana pasada: «Europa solo necesita el coraje político para llevar su autonomía defensiva a cabo». Está claro que si necesitas algo ... es porque te falta; aunque en el caso del coraje, debido a la por mí muy considerada ley del péndulo, tan malo sería que haya faltado como que ahora sobre, De sobrados está el infierno empedrado.
Esta última observación viene a cuento porque, como vengo repitiendo, los cambios de paradigma no se producen de un día para otro sino que suelen medirse por generaciones (con ayuda de la IA de 5 a 10 años). Pasar de la dependencia defensiva de Estados Unidos a la autonomía defensiva de Europa es, sin ninguna duda, un cambio de paradigma como la copa de un pino.
Hoy por hoy, la cuestión de la defensa europea depende de EEUU como algo imprescindible. Ya es tópico afirmar que durante 80 años Estados Unidos ha liderado un orden internacional que él mismo creó tras la II Guerra Mundial. Un orden que trajo relativa paz y mucha prosperidad a Occidente. El orden euroasiático estuvo y está a cargo de la OTAN, y la actual estructura de mando de la OTAN está liderada por Estados Unidos en todos los planos, ejecutivos y conceptuales. Hasta que llegó Trump. Si éste decide no liderar la OTAN, Europa se queda huérfana de liderazgo. Europa tiene múltiples líderes, bastante de ellos significativamente mejores que Trump; pero no tiene un líder que coordine la política europea hasta los últimos niveles de cada país miembro. La galaxia europea no dispone de nada remotamente parecido a una estructura organizativa propia y unificada.
El mito de que Bruselas tendría esa capacidad no resiste el menor análisis. Para empezar, Bruselas ni tan siquiera goza de las competencias legales para poder hacerlo. Europa, en realidad, está más dividida que unida. Las diferencias entre países –culturales, idiomáticas, de intereses, etcétera– pesan mucho más en el inconsciente colectivo que la idea de una Europa donde todos empujan en la misma dirección.
Es doloroso formularlo así, pero EEUU ha sido el engrudo que ha mantenido a Europa unida. No solo en su defensa sino en su economía y, de forma especial, políticamente. Si EEUU se apea del carro, ni Francia ni Alemania serán quienes la lideren, por mucho que actúen como si lo fueran. A partir de un determinado nivel Europa es incapaz de coordinarse, y ese nivel está bastante más abajo de lo que muchos piensan. De hecho, la unidad es tan frágil que una extrema derecha ultramontana consigue ponerla en peligro.
El otro mito es que la traición de Trump va a ser el nuevo engrudo que una a Europa. Quizá Alemania, tras la eliminación de un techo de gasto que la tenía aherrojada, consiga rearmarse hasta no depender de los americanos. En cuanto a Francia, parece ser el único país que gracias a De Gaulle siempre estuvo con un pie fuera y otro dentro. Pero ¿y los demás?: la enorme diversidad entre sí de los modelos de armas de combate de los distintos países, o la falta de personal debidamente entrenado, es clamorosa; España dice que su prioridad es el gasto social, el cambio climático y la ciberseguridad; Italia dice que no enviará soldados a Ucrania, su prioridad es la inmigración; y la realidad es que el ciudadano de a pie no parece dispuesto a renunciar a sus niveles de consumo o cualquier reducción en los servicios sociales, para rearmarse.
Si les soy sincero, más parece que la Unión Europea puede dividirse entre norte y sur antes que actuar todos al unísono.
Dicho lo cual, Europa no puede renunciar a un proyecto que es hoy más necesario que nunca. En principio me espantan las falsas esperanzas; pero reconozco que el optimismo es vital para la supervivencia de la especie, nada menos. Tan considerado como creo ser con las leyes de hierro de la condición humana (el péndulo, la miopía, las contradicciones irresolubles...) creo serlo con los mitos que dan sentido a la existencia y hacen posible la convivencia.
Pero una cosa es el optimismo y otra la negación obscena de la realidad real. En el caso de Europa, el sueño húmedo de que nos encontramos ante un continente unificado y comprometido seriamente con tal unidad. En el mejor de los casos, reconozcamos la ignorancia sobre cuán predispuestos están los ciudadanos a renunciar a una parte de su idiosincrasia o sus actuales beneficios y arrostrar el sacrificio de rearmarse. Reconozcamos también nuestra ignorancia sobre cuántos estarían dispuestos a portar armas y utilizarlas; cuándo y dónde. Reconozcamos asimismo que la tarea de despertar al tigre dormido será hercúlea. Solo entonces podremos tomarnos en serio la viabilidad del proyecto europeo.
Hoy por hoy, el tigre está medio dormido y con legañas en los ojos. Es decir, estamos obligados a compartir con la inapetente América nuestra seguridad y defensa.
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