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Puede que Alberto Núñez Feijóo gane el domingo, pero nadie podrá discutir que ha sido Pedro Sánchez quien ha decorado el escenario electoral en su ... intento a la desesperada de mantenerse en el poder. Tras el batacazo de los comicios autonómicos y municipales de mayo, le faltó tiempo para cambiar de pantalla, atenuar la percepción del cambio de ciclo político, cortar en seco la euforia del PP y plantear una nueva batalla en las urnas. Dicen que en la madrugada posterior al negro 28M, Sánchez sacudió el polvo de un viejo informe confidencial de sus asesores que le aconsejaba convocar las generales en pleno verano para pillar a la derecha desmovilizada y de vacaciones o en pleno puente de Santiago, con la probable dificultad añadida del voto por correo. Ya tenía la mitad del teatrillo montado.
La otra mitad, más importante aún, era que el gran rival, el Partido Popular de Feijóo, tendría que estar dedicado antes y durante la campaña a cabalgar las contradicciones de su relación con Vox: a darle cuanto pedía en Valencia, a negárselo todo en Extremadura antes de una vergonzante rectificación, a negociar duramente en Baleares, en Aragón… Quizá le faltó al PP naturalidad para vender a la opinión pública que debía manejar paisajes diversos: que no es lo mismo en Cantabria donde puede jugar a dos barajas, con el PRC como alternativa, que en Murcia, donde puede presionar con nuevas elecciones, que allí donde el pacto con Vox es la única salida. Y determinación para garantizar que no habría en ninguna región un retroceso de los derechos sociales que el PP defiende.
En el PSOE han estado felices de que el asunto PP-Vox dominase la campaña y de que apenas se hablara de los acuerdos de Sánchez con ERC o Bildu. Del PP se espera que acuda al rescate para hacer alcalde de Barcelona a un socialista o para desalojar a Bildu en Durango o para reparar la chapuza de la ley del 'solo sí es sí', pero luego no puede pactar nada con Vox, se lamentan los populares. O sea, que no tiene margen: o mayoría absoluta o rendición. Una manifestación más del desigual juego político del tablero inclinado del que habla Cayetana Álvarez de Toledo para rebatir la superioridad moral de la izquierda.
Al PP le preocupó que las negociaciones autonómicas y municipales con Vox pudieran contaminar la campaña de las generales. Luego se ha visto que los sondeos no penalizan al PP, sino que más bien es Vox el que cae en la tendencia de voto, pero los populares admiten en voz baja que Sánchez es temible cuando pelea por el poder: «Es un enemigo muy duro».
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