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Debo confesar que al principio no me caía nada bien; a fin de cuentas, era el tipo que llegaba y machacaba a tu equipo, casi ... hasta la humillación. Pero incluso, aunque no te gustaran los chupones, era imposible no quedarse embobado viéndole tocar el balón, superar contrarios, moverse por el campo como si fuera invencible, mientras convertía un simple juego en arte. ¿Quién no soñó alguna vez con ser Maradona? Un hombre capaz de vengar una guerra, de redimir a los humildes..., y sólo con un balón en los pies. Claro, luego vendrían el barrio que cada uno llevamos dentro, los pasos en falso, las bravuconadas, las decisiones equivocadas... Cosas que pasan cuando no llevas a alguien repitiéndote al oído: «recuerda que eres mortal». Aunque seas el mejor de los hombres.
Porque aquella idea de rendirle culto, más que grosera, era errática: él no fue un dios, sino un ángel caído. De amo del mundo a mal ejemplo, el hombre más popular sobre la tierra acabaría pasando de icono pop a parodia de sí mismo, por méritos propios. Nadie sabía que su ascenso a los cielos tenía billete de vuelta. Pero, ¿cómo no conmoverse con su figura? Nosotros, que nos equivocamos tanto. Que, si podemos, marcamos con la mano, que a veces logramos proezas y otras defraudamos a quienes más confían en nosotros. Que caemos en tentaciones y prometemos no volver a caer. Que amamos y odiamos, en ocasiones incluso lo que no debemos. Que soñamos con ser los mejores en algo, y al final sólo somos personas. Por todo, por lo bueno y por lo malo, pero sobre todo por su debilidades y errores, Maradona debería ser el santo patrón de los que se equivocan.
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