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Estaba viendo una serie en la tele. Creo que era El Equipo A, o eso recuerdo cada vez que paso por La Albericia. Supongo que ... el personaje de Fénix estaría poniendo ojos de ciervo a una chica y que Hannibal fumaría un puro sujetándolo con los dientes, y Murdoch a saber qué hacía en el episodio que estaba viendo cuando ETA asesinó a tres personas a una cuesta de distancia de mi casa. La normalidad que había cuando estalló la bomba me sigue dando miedo 33 años después. Aquella tarde, la habitación retumbó como si hubieran presurizado las ventanas, un bamboleo como el de un tremendo portazo. Al cabo de un rato, cortaron de golpe la emisión de la serie en Antena 3, cuando la cadena aún tenía el logo de tres colores. Nuestra ciudad salía en la tele.
Ese día yo tenía diez años. No sabía que muchos años después acabaría trabajando allí, que La Albericia sería por un tiempo mi barrio en la sede de El Diario Montañés. A veces, cuando quedaba con algún entrevistado en la Redacción y tenía que explicarles dónde estaba, recurría a esa toponimia trágica. Decía, donde ETA puso la bomba, y era infalible. Porque uno puede desconocer el nombre de una calle, la envergadura de un barrio que en esta ciudad se relaciona con el Racing o la comisaría, pero a nadie se le olvida dónde tiene su memoria la cicatriz.
Desde la pasada semana una foto lo recuerda con un tótem informativo, en homenaje a las tres víctimas mortales, pero también lo siento como un homenaje a los demás, a los que estaban en su casa haciendo la cena o viendo la tele, a los que estaban trabajando al lado, a los fotógrafos que tuvieron que retratar aquello. Precisamente esa foto es parte del emblema con el que la ciudad recuerda el atentado; la que hizo Andrés Fernández desde el piso de una mujer a la que pidió permiso para subir. Era de noche. Las cámaras de entonces no son las de ahora. Pero lo más difícil no era la técnica para retratar aquel delirio de ceniza y hierro fundido, sino la de apretar el botón. Y seguir adelante. Y confiar en que algún día volvería la normalidad. Ese milagro. Cuando paso por La Albericia pienso en los que estaban al otro lado de esas ventanas y lo vieron. La mía a fin de cuentas quedaba a una cuesta de distancia. Sucedió en La Albericia en el año 92, pero la onda expansiva llega a nuestros días. Si pasan por allí, solo tienen que parar en el Remigio a tomarse un café para sentir que la normalidad es un regalo.
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Ana del Castillo
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