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El ensayo y su infinita capacidad de sugerencia puede muy bien compenetrarse con el concepto más riguroso y con la coherencia que existe siempre en ... una propuesta filosófica. Es el sistema de la razón histórica que Ortega y Gasset representaba mejor que nadie, que es vecino de los postulados de su contemporáneo Heidelberg, al que admiraba, o de Husserl y su fenomenología.
Esta reflexión previa sirve para que podamos revisar, comentar o defender a Ortega, al que se le suele citar más que leer, sin que parezca «la cursilada de un curto», que dicen con mucha gracia en Granada. Le citamos, esta vez en primer lugar, porque escribía con su pluma adelantada a su tiempo cincuenta o cien años, sin equivocarse lo más mínimo después de abordar las artes, la educación, la psicología y la teoría social de forma premonitoria y con acertado pronóstico. Además, nuestro interés está sobre todo en su capacidad de poner en situación a la sociedad, no ya de su tiempo sino la de después y, desde luego, su memorable descripción del 'hombre masa'.
Esto nos lleva a la necesidad de querer dar nuestra opinión, que suele analizarse como un fenómeno nuevo sin serlo, como si se tratase de un descubrimiento cuando es tan antiguo como el mundo. La masa no es la agrupación de muchos individuos de iguales caracteres y momento histórico sin más. Diríamos que tiene arterias y venas por las que discurre la actualidad del momento y, por supuesto, corazón. Todo ello compone un organismo funcional y en sintonía, aunque susceptible. Tanto o más que el individuo, hombre o mujer, sólo ante sí mismo y teniendo la capacidad de enfermar, de sufrir acoso, de estar triste o alegre. Además es influenciable.
Si partimos de la base de que el nombre por el que se le conoce, masa, no es acertado por despectivo, sin embargo tiene rasgos que le conceden personalidad. Por ejemplo: no se le puede comprar, sólo alquilar y, en una temporalidad, esas influencias, útiles o inútiles, positivas o negativas caducan y se rescinde el contrato y se cambia de dirección de masa abruptamente, a veces a velocidad exagerada. Así sucede en cada momento, en cada año, en cada generación, en cada siglo, y el hombre masa, que es diferente al hombre o la mujer con DNI, se comporta muchas veces de forma incomprensible o apresurada, funciona a impulsos poco meditados que muchas veces le malconducen porque prefiere probarlo todo aún reconociéndolo nocivo.
Ahí está su gran defecto. Inesperada, susceptible y cambiante la hacen peligrosa mientras está abducida o convencida. Cuántas veces ese alquiler sirvió para iniciar contiendas o para producir ruina por parte de populismos o nacionalismos exacerbados.
Por ello, siempre se tiene que estar alerta y no vale dormirse porque hoy existen sistemas de apaciguamiento y sedación peligrosos que, en cuestión de minutos, actúan a través de la televisión o de las redes sociales inoculando el barbitúrico del engaño de la masa y rápidamente actúa. La sociedad es mucho más permeable de lo que era y la capacidad de sedación a través de las nuevas tecnologías es impresionante. Ahí está el quid.
Deberíamos, como grupo entonces, ser capaces de no atender postulados que actúen en contra de nuestras fundamentales consecuciones: la libertad, el orden, la propiedad privada y su seguridad jurídica, la defensa de la vida, los ideales, la familia, la justicia, la educación libre y el patriotismo. Eso es lo que deberíamos de cuidar, la masa madre, que como en el pan, representa los principios primigenios que deben de sustentar a todo colectivo capaz.
Hoy observamos con inquietud y curiosidad el nacimiento de nuevos populismo y nacionalismos similares a los que fueron decisivos en entreguerras del siglo pasado, que hostigan la convivencia, la seguridad jurídica de la propiedad privada, la justicia, la integridad territorial o el orden.
A partir de 'La psicología de las masas', de Freud y sobre todo de 'La psicología de las multitudes', de Le Bon, se supo bien de su composición y de su influencia. Sobre todo de su comportamiento, se sabe como la masa actúa como un mimbre doblado y la tensión que cuando por cualquier circunstancia se suelta, al descubrir el engaño, se endereza de súbito y se recompone. Esperemos que sea así en nuestro caso y todo quede tal como si fuera una horterada pasajera del alcalde de Vigo tuneando con luz la realidad de las cosas. Por cierto, en ese caso con luz cara, muy cara.
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