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Como el verano en Santander, dubitativo y siempre corto, el escritor de columnas asume la actualidad con precauciones. Este es el tiempo de la militancia ... y del martirio, en el que las ideas sirven de divisas y nunca de herramientas para la mejora de los asuntos públicos. El columnista de provincias debe, dicen, recoger el espíritu desordenado de la tierra y darle algún sentido o, al menos, algún brillo ocurrente y literario.
Es de suponer que, con el desencantamiento digital del planeta, cada vez resulte más difícil detenerse en algún punto del mapa humano. Los medios segregan su dosis diaria de guerra, identidad y muerte, estrechando el campo de la reflexión. Nada puede decirse ya sobre ninguna cosa sin arriesgarse a la censura o, como gustan de llamarla ahora, la «cancelación». El ecosistema político y la gran red clientelar de intereses y conversaciones imponen un punto de partida, a menudo polémico y aceptado como verdad científica y, por lo tanto, indiscutible. A partir de ahí, sólo cabe la confrontación fratricida de los fieles. Como en el Concilio de Nicea contra los seguidores de Arrio -y como en los procesos de Moscú o en la polémica contra el feminismo TERF-, el debate se reduce al matiz de los poderosos.
Entonces, ¿para qué escribir? ¿Merece la pena utilizar, a estas alturas, la experiencia personal, las lecturas o una manera propia de contemplar el entorno? Poniéndonos estupendos, podríamos reproducir los versos de José Ángel Valente: «Aquí pronuncio/ la palabra que nunca/ moverá una montaña./ Aquí levanto/ inútiles barreras/ que derriba la muerte...». No conviene deprimirse.
El escritor José Jiménez Lozano, casi al final de su vida, evocaba esa humanidad sin armas, sin la victoria que parece necesaria para todo en este mundo: «esto era lo que aterraba a los nazis ante un viejecillo o un enfermo. Y esto es lo que parece aterrar ahora en nuestras sociedades». Que la palabra no mueva una montaña no es motivo para no pronunciarla. La sólida figura de la gran piedra inmóvil parece inmune a la voz y, sin embargo, todo ha sido hecho por ella.
Acaso la palabra sea, al fin y al cabo, un instrumento incapaz, por sí mismo, de defender una posición. Hace falta mucho más. No obstante, debajo del suelo aparentemente firme de lo audiovisual y del discurso falsamente reivindicativo o escandaloso, permanece aún la raíz de lo más hondo; aquello que nunca se pierde absolutamente, por más que unos y otros -verdugos en liza- crean haberlo derrotado. En la debilidad de la palabra propia, del lenguaje de todos que alguien, un día, pronuncia, descansa la humilde grandeza de lo humano
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