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En 2007 nació en Vigo lo que podría denominarse el 'modelo Abel Caballero', una pugna de ciudades y pueblos de todo el Reino para vencer ... en el inexistente concurso de quien lo tiene más grande, el árbol de Navidad, por supuesto. Las titilantes lucecitas están consiguiendo apagar cualquier otra referencia cultural, tradicional o religiosa de la celebración universal por el nacimiento de Jesús, ensombrecido por el fulgor de las luces, y obviando, además, que esas mismas luces tienen un significado bíblico: «Cristo es la luz que vence a las tinieblas» y su nacimiento es justo cuando empieza a ocurrir eso. Vivimos un momento histórico en el que, afortunadamente, las ideologías religiosas, políticas y sociales, no se imponen, se eligen, por lo que nadie está obligado a reproducir en sus vidas el sentimiento religioso, por ejemplo, de la Navidad. Otra cosa distinta es la negación, la desvirtuación interesada que se está haciendo de estas fiestas como parte de una intencionalidad política que, como lluvia fina, va despojando de la consciencia de los ciudadanos las costumbres ancestrales heredadas de los mayores.
Esta reconversión, por ejemplo, hace que las juergas multitudinarias en la calle en las horas previas a la Nochebuena, hayan estado 'animadas' con música disco y reguetón con una intención que o bien nace de la ignorancia, o que es completamente consciente. Pervertir la esencia de la Navidad no tiene siempre que ver con las creencias religiosas y sí mucho con la destrucción de las raíces culturales de una sociedad más fácil de controlar si se le deja apacentar en el ocio como máxima forma de celebración, siendo el principal objetivo de quienes así lo proponen, situar a los jóvenes en un ámbito radicalmente distinto al de las generaciones anteriores. Ya no son fiestas que buscan la reivindicación de la familia y sí una especie de 'La Patrona en Navidad', como tituló acertadamente este periódico las recientes celebraciones en la calle. Con ello se consigue que, cambiando las creencias, se laminen las costumbres y las tradiciones, una manera de subvertir la forma en la que se entiende el mundo y la propia sociedad, fomentando nuevas 'creencias' en las que, por ejemplo, la familia (sea de la composición que sea) no es el centro absoluto. La decoración de las ciudades dice mucho de esta intencionalidad. Así, la tradición cultural y artesanal belenística, sin ir más lejos, ha sido orillada a instituciones privadas, habiéndose llenado las calles de alegorías a regalos, monigotes y guirnaldas que más parecen querer animar el tintineo de las cajas registradoras de bares abarrotados. Pan y toros, 'Panem et circenses', pan y fútbol, diversiones que halagan los placeres del pueblo llano y amortiguan los conflictos.
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Ana del Castillo
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