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Moría el partido en Saint-Denis y unos cuantos irresponsables comenzaron a celebrar por adelantado la victoria del Madrid. '¡Olé!, ¡olé!', exclamaba el público ... desde la grada, jaleando los pases del equipo merengue ante el desesperado asalto final del Liverpool. Un servidor de ustedes, que lo vio por televisión, llegó a temer la fulminante reacción del karma. Por fortuna, no llegó la sangre al Sena y todo terminó cristianamente.
Los olés en el fútbol se traducen como euforia y dominio; es el adorno que el vencedor coloca sobre el rival entregado. En definitiva, se trata de una proyección taurina en el corazón del deporte profesional: la filigrana como posibilidad tras el sometimiento. En el mundo del toro, se ha dado siempre, desde aquella emblemática rivalidad de Belmonte y Joselito, una polémica entre los diestros 'de arte' y 'de poder' (o 'cortos' y 'largos'). Eso sí, algunos de los denominados 'artistas' sostienen hoy su concepto sobre una pinturería inane, a menudo aplicada a reses sin casta. Por otro lado, los toreros dominadores pueden carecer de gracia y dar la impresión de ser, quizás, demasiado toscos. Como ocurre habitualmente, en la síntesis está la gloria.
La filigrana, ojo, exige el abandono del cuerpo y de las precauciones. Hay que estar muy seguro de lo que se hace. En la política española -donde también abundan los artistas- hace tiempo que se juega al olé descarado. Desarmado el discurso liberal-conservador y sometido el PP a las coordenadas socialdemócratas, la izquierda en el poder adorna su gestión (es un decir) con detalles de elevada autoconfianza. Fíjense que la noticia está en que Vox infecta de extremismo a los populares andaluces, pero el Gobierno pacta sin rubor con Bildu, hoy bienvenido en la trinchera del progreso plurinacional. Cualquier ofensiva de la oposición en este sentido cae en el pozo de los sueños de PSOE y Podemos, de donde vuelven a emerger Franco y los grises. La libertad es no preocuparse nunca por Twitter.
El último ejercicio de gran talento (bellísimo en su descaro, como un 'kikirikí' de Curro) ha sido el indulto a María Sevilla, expresidenta de Infancia Libre, condenada a prisión por haber retenido a su hijo durante más de un año, manteniéndolo en condiciones insalubres. La ministra de Igualdad, Irene Montero, calificó esta medida como «una victoria de las feministas». Y lo es. No hablamos, ni siquiera, de una decisión controvertida, que estimule el debate, sino de la acción infalible de los únicos intérpretes autorizados de la voluntad del pueblo. Es un desplante altanero y torerísimo ante la derecha moribunda. La sociedad, impasible y controlada por el miedo al fascismo, ya no detecta el abuso.
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