Ordeno y mando en los partidos
Nieves Bolado
Domingo, 5 de enero 2020, 07:57
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Nieves Bolado
Domingo, 5 de enero 2020, 07:57
Nací 16 años después de finalizada la Guerra Civil. Crecí, sin saberlo, en los años de plomo de la dictadura de Franco. En plena agonía ... del general, corrí delante de los grises por la Avenida Complutense, huyendo –mangueados con tintura azul– de quienes estaban decididos a aplastar con bota negra los brotes de la aún ignota democracia. Fue entonces cuando muchos españoles comenzamos a activar el pensamiento crítico, a dudar de las que habían sido verdades indubitables, y tras descubrir que existía la libertad, a ejercerla de la manera más fácil: defendiéndola.
Fue el tiempo en que los dictadores fueron apartados, el mismo en que Gabo firmó el 'Otoño del Patriarca', descubriendo que poner en entredicho al que manda es saludable, y que cuando las biografías y anecdotarios de los gobernantes son puestos en duda, éstos se creen víctimas. Estos valores parecen estar en almoneda. Desconfiar, dudar o replicar al líder puede conllevar la expulsión del paraíso, ingresar en el purgatorio, ser exiliado al averno de los 'sin siglas'. Aquellos conceptos aprendidos a pelotazos de goma negra parecen diluirse.
Ahora, a la disidencia se le llama traición; dudar de los que mandan, falta de ética; pedir explicaciones, felonía; criticar, aunque sea solapadamente, menosprecio, deslealtad, infidelidad, canallada, perfidia o infamia. Esta especie de sutil censura se ejerce en todos los partidos donde clavan sin miramiento sus estiletes, en forma de expedientes disciplinarios, a quienes exhiben extramuros su desacuerdo. Ha vuelto el toque de cornetín, ése que pone firme al personal aplicando la metodología del ordeno y mando, fosilizando el concepto de libre opinión, dejando vacío el sitial privilegiado de la libertad. La endogamia de los partidos limita la opinión a una especie de encierro abacial –intramuros– restando a los militantes, simpatizantes y contrincantes el derecho a conocer la posición de los díscolos.
Los políticos, artesanos de la Constitución, dejaron blindada cualquier réplica interna a los partidos. Así fue posible que en 2017, el Tribunal Constitucional limitara la libertad de expresión de los militantes –justificando la imposición de sanciones– al desestimar el recurso de amparo de una afiliada del PSOE sancionada con suspensión temporal de militancia tras criticar en una carta al director la decisión del partido por no celebrar primarias para elegir el candidato a la Alcaldía de Oviedo. Se reconocía así que los partidos políticos pueden sancionar a un afiliado por proferir expresiones lesivas para su imagen o su cohesión interna. Así que, Otto Oyarbide debería apretarse los machos, leer el libro de Owen Fiss 'La ironía de la libertad de expresión', o echar un vistazo a los archivos de Bonifaz, y ver cómo en 1984, algunos conspicuos socialistas, promotores de la 'Nueva Mayoría' fueron castigados por deslenguados. Por cierto, corriente de opinión que tuvo su epicentro en Torrelavega.
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