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Si el asunto marcha como debe, todos los viernes y los lunes, a partir del próximo 5 de noviembre, el personal podrá viajar a París, ... desde el Seve Ballesteros, por una nueva ruta puesta en marcha por la compañía Vueling hacia el aeropuerto de Orly. Álvaro Machín explica en el periódico que esta conexión con la capital gala se une a la anunciada hace meses por Ryanair, que se desarrollará los martes y los sábados desde el 2 de noviembre, con destino al aeropuerto de París-Beauvais.
Lo de ir a París siempre apetece y está muy bien que haya cuatro días a la semana para volar, por aires distintos, a la ciudad de la luz, tan generosa en arte y belleza. Estas rutas son un buen modo de aproximarse a la civilización en una época de aislamientos forzados y fronteras en entredicho, en la que cada país experimenta egoístamente su propia inseguridad occidental. Europa representa todavía, sin embargo, la promesa para alcanzar nuestra mejor versión.
Pero, me van a perdonar que recurra a lo anecdótico. Como admirador de la obra de Jacques Brel, estos días he recuperado una de sus más bellas canciones, titulada, precisamente, 'Orly', incluida en su último disco, 'Les Marquises'. En ella, el compositor relata maravillosamente la despedida de una pareja de amantes en el aeropuerto. Brel, como testigo ajeno al drama, integrado en la masa en movimiento que abarrota el lugar, detecta lo que los periféricos llaman «el hecho diferencial» de dos individuos entre otros muchos («son más de dos mil/ y yo sólo los veo a ellos»). En el estribillo -colmado de resignada amargura-, canta: «la vida no hace regalos/ y, en nombre de Dios, ¡qué triste es Orly los domingos!». Esto último nunca lo sabremos desde Santander.
Hasta hace poco tiempo, principalmente en los felices noventa, y con carácter previo a la proliferación de atentados en trenes y en aviones, los aeropuertos y las estaciones desprendían un sabroso aroma al romanticismo de los territorios de paso; aquellos que se erigen como testigos de la vida en acción. La mirada de quien espera se posa a veces sobre algún desconocido y lo acompaña brevemente en su quehacer. No se trata de indiscreción, sino de interés verdadero y cómplice en impedir que la persona perezca entre la marea humana que viene y va por los comercios libres de impuestos.
Los aeropuertos no son lugares propicios para el amor, que diría Ángel González. Y, por no serlo, ese forzar sus límites y ese calentar su entraña metálica con el latido humano conceden un sentido nuevo, acaso antinatural y brillante, a su funcionalidad. Como los amantes de Orly.
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