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El escritor sudafricano J.M. Coetzee acaba de cumplir ochenta y cinco años. Qué gusto tenerlo entre nosotros; qué alegría. Figuras como las de Coetzee ... alivian el dolor del mundo en un tiempo de zozobras belicistas y monstruos a los mandos. Su elegancia académica anticipa el despliegue de una narrativa sin fuegos artificiales, pero de honda y eficaz intensidad humana. Era imposible no concederle el Premio Nobel de Literatura; pocos autores dan tanto el perfil. Se lo entregaron en 2003, como celebración de una obra que accede al corazón del mal, al peligro, tan de nuestros días, que amenaza el devenir de las sociedades cuando estas únicamente son capaces de producir miedo y segregar injusticias.
Resulta inevitable, por ejemplo, vincular la trama de su tercera novela, publicada en 1983 y titulada 'Esperando a los bárbaros' (disponible en Debolsillo), con el apartheid que, aún por entonces, subyugaba a la población negra de Sudáfrica. En este relato crudo, sin exageración alguna, se refleja la crisis de un imperio (cuyo nombre y localización no se especifican) obsesionado por la protección de sus fronteras contra la invasión –siempre pronosticada, siempre inminente– de los 'bárbaros'. La obra expone la destrucción de una comunidad que decide resistir a la barbarie imaginaria adoptando, irónicamente, una barbarie real. La sustitución de la ley y los procedimientos reglados por la mano de hierro del poder militar, la tortura generalizada y aquella violencia mimética que tan bien comprendía René Girard devora los cimientos de la civilización.
La novela de Coetzee lo deja a uno preocupado. Suele ocurrir cuando se examinan los mecanismos del odio y la fragilidad de las instituciones liberales. Y aún más cuando nos asomamos luego al mundo e identificamos esa misma querencia terrible. También aquí, en nuestro presente, parece que las autoridades le han dado una vuelta de tuerca más a la idea de que el imperio de la ley es una frivolidad que languidece contra lo importante: el poder ejecutivo, el trono sin contrapesos. Y que los adversarios no son gente que piensa distinto, sino hordas enemigas que merece la pena combatir y exterminar. Pasa ya en todas partes.
Aquel mundialismo que nos prometieron, de mestizaje y fronteras tenues, ha sido derrotado. En su lugar, hay un tablero sobre el que, de nuevo –como en el siglo XX y en los precedentes–, los Estados implementan estrategias y tejen alianzas para engrandecer su dominio. En ese objetivo macabro, cualquier reivindicación de la verdad, la libertad y el Estado de derecho, es una broma de mal gusto, apenas un artículo de coleccionista. Un estorbo, en definitiva, contra la apoteosis del hombre fuerte. Una vez más, ay, a estas alturas.
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Ana del Castillo
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