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Nuestra autodenominada izquierda –hablamos de la solemne y 'malasañera', la de Twitter y la cancelación– perdió las elecciones y a sus partidarios les entró el ... siroco. El panorama no es nuevo, aunque parezca apocalíptico: la querencia de los portavoces es siempre la misma. Sucede cada vez que se interrumpe o se malogra aquella larga marcha a través de las instituciones que nos anunciara Rudi Dutschke. Mientras los contribuyentes y los medios se interesan por conocer el alcance de la autocrítica, los derrotados, circunspectos y al unísono, oponen el barullo a la razón.
En realidad, todo forma parte del gran malentendido español y, quizás, mundial. Los votantes más o menos interesados en la política, pero ajenos a los vaivenes de la militancia, se asoman a las ruedas de prensa y buscan declaraciones en los periódicos, análisis rigurosos y una interpretación plausible del hundimiento. Evidentemente, no encuentran nada. El motivo de la decepción es que estos votantes yerran al pensar que sus elegidos son gestores que someten sus cargos al examen del pueblo, cuando, por el contrario, quienes pronuncian discursos y ostentan puestos de responsabilidad son la vanguardia del odio al adversario; los arietes de la crispación.
«¿Qué haremos para no detener la rueda del guerracivilismo?», parecen preguntarse las esclarecidas mentes de Podemos y sucursales. En primer lugar, negarse a asumir errores y emprender una campaña sostenida en el ataque a Ayuso (esos candidatos luciendo camisetas con la cara de su hermano) y a la extrema derecha en un sentido amplio (ya saben, todo lo que no son ellos o los periféricos de las etnias sin estado). A continuación, dolerse de la «ola reaccionaria» que se ha impuesto sobre su paraíso de inclusividad como resultado de la hipnosis a gran escala que aplican las corporaciones a los impresionables ciudadanos. Y, por último, acusar a estos de votar mal. Del «no nos representan» del 15M al «no merecen ser representados» de 2023. Hace falta valor.
Resulta inimaginable, en consecuencia, verlos adoptar una actitud de respeto al elector porque eso sería tanto como descender al mundo real, desencantar su papel en política y aceptar un rol de meros administradores de la cosa pública. Y es que la reforma del delito de malversación, las cesiones a Marruecos, las leyes que liberan violadores y las campañas contra locutores críticos no deben opacar –faltaría más– la guerra contra el 'trumpismo'. Las sociedades abiertas, al menos, ofrecen la posibilidad de colocar a esta gente frente a sus contradicciones y desvelar sus prácticas adolescentes. Otros países no tienen tanta suerte. Algunos llevan casi setenta años bajo regímenes caribeños y tiránicos, pero, eso sí, ganándole la guerra a los fascistas.
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Ana del Castillo
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