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Suena el móvil y la joven madre deja que conteste la pequeña que la acompaña. «Te llama tu marido», dice la niña, tal vez por ... hacer una gracia, y le alarga el teléfono. «Mi marido es tu padre», responde la madre, acaso sorprendida, pero la niña continúa con lo que parece un juego. «Sí, pero también es tu marido». La madre, tras atender la llamada, la mira divertida. «Te advierto, por si no habías caído en la cuenta, de que mi marido, tu padre, es más pariente tuyo que mío. Al fin y al cabo, yo solamente firmé un papel». Tan curioso diálogo me recuerda un artículo de Manuel Alcántara en el que el maestro, con su ironía habitual, sostenía el mismo razonamiento: la mujer y el marido no son familia porque el vínculo se establece en virtud de un simple acuerdo jurídico. No forman parte de lo que Alcántara llamaba 'la comunidad de sangre', integrada por abuelos, padres, hijos o hermanos.
La familia nos es impuesta. No podemos elegir a los parientes ni cambiarlos por otros, aunque a veces deseáramos hacerlo, pero sí somos libres de elegir a las personas con las que queremos mantener un contacto cercano, cómplice y cordial. El número de gente con la que tenemos relación a lo largo del tiempo será siempre inversamente proporcional al grado de amistad, y se divide en cinco categorías principales, a saber: amigos íntimos (muy pocos, se cuentan con los dedos de la mano), muy amigos (varios más, no demasiados), amigos (el número se va incrementando), conocidos (la cifra empieza a ser importante) y coincidentes (quedan fuera de todo cálculo). No se incluye a los compañeros de trabajo, porque pueden ser amigos, pero pueden no serlo, y tampoco a los esporádicos, aquellos que te presentan una vez, cómo estás, ojalá volvamos a vernos y tal día hará un año.
Debe añadirse un subgrupo, el de los amigos ocasionales, compuesto por quienes entablan conversación en parques o cafeterías, y los que se producen como resultado de una confusión. Sirva de ejemplo este caso real. Un señor está sentado en un banco de Puertochico cuando le tocan por detrás. «Hombre, Ramón, qué tal, cuánto tiempo sin verte». El supuesto Ramón se vuelve. «Mucho tiempo, sí, debe de ser toda la vida, porque yo a usted no lo conozco de nada». El hombre, deslumbrado por un sol de atardecida, se disculpa. «Me he equivocado. Perdone». «No se preocupe. ¿Ese amigo suyo se parece mucho a mí?». «Visto de cerca, no. Pero estando usted de espaldas creí que era él. Por cierto, yo soy Alberto». Manolo, porque ese es su nombre, sonríe. «Mucho gusto, me llamo Manolo y siempre ando por aquí, junto a la mar. ¿Usted también? Pues siéntese conmigo. Quizá veamos pasar a Ramón».
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