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Venía yo cavilando, de vuelta ayer a casa, sobre esas recomendaciones relativas a lenguaje y sexismo en el ámbito universitario, publicadas por la Conferencia de ... Rectores y Rectoras de las Universidades Españolas (CRUE). Toda la prensa española se ha hecho eco de ellas estos días, aunque son de julio del año pasado. Son tan asombrosas las afirmaciones que las sustentan, como si fueran verdades absolutas e incontestables, que uno se pregunta a qué clase de universidad pertenece, capaz de obviar toda evidencia segura y todo trabajo veraz producido por autoridades de la lengua, incluidos sus propios universitarios. ¡Y pretende ser excelente!
Primero, el mantra: «lo que no se nombra no existe», falsedad infantil e insostenible que se rebate por sí misma y no precisa refutación. Luego, negación de la mayor: el uso «de palabras o estructuras que invisibilizan o excluyen a las mujeres… no es algo característico de la lengua como sistema». ¿De veras? ¿Qué lingüista afirma tal majadería? ¿Han leído los informes de la RAE sobre el género? ¿Acaso el uso del masculino no es sistemático en las lenguas indoeuropeas y se rige por unas normas que lo hacen contextualmente inclusivo? El sistema de nuestra lengua no es un mero «modelo androcéntrico», según afirma la CRUE, como si hubiera otros posibles modelos donde escoger: es el que es y punto. Pero es que encima no es «androcéntrico», sino que, al revés, privilegia el femenino haciéndolo solo a él exclusivo. Por eso es un dislate colosal recomendar, «Si se nombra una realidad en la que hay más mujeres que hombres, utilizar la lógica y anteponer el femenino inclusivo». Como que no es cuestión de lógica ni de mayor o menor cantidad de mujeres o de hombres: el femenino nunca es inclusivo cuando se refiere a seres humanos; solo el masculino lo es. Así, si un escritor habla a «sus lectoras», se dirige únicamente a féminas con exclusión expresa de varones; si habla, en cambio, a «sus lectores», incluirá genéricamente a lectores y lectoras, sin que ello suponga «invisibilizar» o excluir a sus lectoras. La lengua funciona así y no hay que molestarse.
Nuestra «rectoridad» y su comisión encargada de elaborar las recomendaciones abundan en su ignorancia cuando dicen que se debe «Hacer referencia a 'las mujeres' no a 'la mujer' ya que no hay un solo modelo de mujer» (sic, sin comas). En efecto, mezclan el uso del género con el del número, donde pasa lo mismo: el singular es inclusivo y puede referirse a una pluralidad de elementos, cosa que no ocurre al revés. Por eso, la expresión «la española, cuando besa...», no se refiere a una sola mujer, ni mucho menos a «un modelo de mujer», sino a las españolas, en general. Tampoco hay que molestarse.
Estos y otros mecanismos similares los aprendemos al adquirir el lenguaje en una comunidad lingüística determinada. Son el esqueleto de la lengua, los pilares sobre los que se sustenta todo el edificio, o sea, las normas de su gramática y de muchas estructuras léxicas. Y al igual que no podemos cambiar las columnas maestras de un inmueble a nuestro antojo, porque se puede venir abajo, tampoco podemos modificar esas normas de la lengua a capricho de una ideología, porque eso solo aboca al desconcierto, a la confusión y a la falta de entendimiento.
Otra recomendación disparatada de la CRUE invita a que «para referirse a personas no binarias» se «pregunte directamente con qué pronombres se identifica (sic). Referirse a las personas por los nombres que ellas mismas eligen es básico para respetar la dignidad humana». ¿Qué tendrá que ver la dignidad humana con los pronombres? ¿O qué tiene que ver el sexo al que una persona siente que pertenece con la gramática? Nada.
La «igualdad de género y el empoderamiento de todas las mujeres y niñas» y el respeto a la dignidad no se consiguen destruyendo las normas de la lengua. El sexismo no está en ellas, sino en la vida. Ahí es donde deben aplicarse políticas que conduzcan a la igualdad, de modo que sea tan habitual hablar de juezas o matrones, como inusual hacerlo solo de «las kelis» o de «la mujer de la limpieza». La lengua no es la vida; solo es espejo de la realidad.
Las recomendaciones de la CRUE me recuerdan una viñeta del gran humorista gráfico gallego Luis Dávila: en un entierro están un cura y una mujer ante una tumba abierta; del interior de esta sale una voz: «¡Hortensia! ¡¡Non estou mooorto!!» Y Hortensia, indignada, replica: «¡¡Xa estamos!! ¡¡Vas a saber ti mais que o médico!!»
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