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En la última etapa verdaderamente esplendorosa del gran tinglado católico, es decir, durante la dictadura franquista, proliferaron en España las vocaciones religiosas y la literatura ... hagiográfica. La publicación de las vidas de los santos revestía entonces la oficialidad dogmática de la posguerra con ropajes aventureros. La confesionalidad del general bajo palio favorecía las ventas. Todo estaba, recuerden, bien atado. Estas biografías sacras adaptaban el tradicional relato del camino del héroe a la sensibilidad vaticana. Como en el caso de Saulo de Tarso (o Jorge Verstrynge), lo que verdaderamente daba juego al asunto era la caída del caballo, la mística que redime al infiel. El santo, tras una errática vida de vicios y distancia, alcanza la redención. «Señor, concédeme la castidad, pero no todavía», rogaba Agustín de Hipona durante su brega con lo Alto.
La conquista de la salvación es el centro de toda fe y también de aquellas doctrinas que, atrapadas en el discurso histórico, interpretan la dignidad del individuo como una etapa más en el camino de la utopía. Las vidas se miden por el resultado de la felicidad futura. La victoria bien merece unos cuantos sacrificios. «Dejemos que los muertos entierren a sus muertos», decía el Nazareno.
La esperanza es siempre un instrumento peligroso en manos de los fanáticos. Desoír las exigencias del presente conduce al aislamiento y al sectarismo. De ahí nacen los engendros de todo pelaje: fundamentalistas, yihadistas, nacionalistas varios y totalitarios. Es habitual llamarlos «radicales», como si esta palabra apuntase intensidad o ceguera, en lugar de aquello que pretende explorar el fondo de las cosas, sin dejarse distraer por el vacío de los discursos públicos. Es interesante, en este sentido, asistir a la reformulación actual de las vidas de los santos, enfocada, faltaría más, desde la omnipresencia de lo políticamente correcto. Un ciudadano de Galicia, David Saavedra (no es su verdadero apellido), ha publicado un texto autobiográfico titulado 'Memorias de un exnazi: veinte años en la extrema derecha española' (Ediciones B), en el que relata su despertar a la vida socialdemócrata tras muchos años sumergido en la doctrina nacionalsocialista. Es de admirar, claro, su resolución por abandonar el mal y por pensar en contra de sí mismo.
Este acontecimiento ha sido nombrado por los medios como un «proceso de desradicalización». Sin embargo, si bien no hay duda de que la trayectoria de Saavedra fue repugnante y rocambolesca, no debería hablarse, en su caso, de «militancia radical». El radical es quien va a la raíz, el que se esfuerza en encontrar la verdad en este inmenso y pandémico océano de datos. El exnazi voló desde un mito criminal para aterrizar, a salvo, sobre la nada contemporánea.
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