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Sentir mi propio peso encima de mí. Sentir cómo mi corazón se encoge debajo de mi piel, huesos y órganos. ¿Estoy despierto? ¿Cuándo empezó esta ... pesadilla? ¿Cuándo voy a ponerla fin? ¿Qué le ha pasado a este mundo? ¿Quién me lo hubiera dicho hace dos años? ¿Por qué a mí? ¿Por qué?
Todo empezó un miércoles de noviembre, los días eran cortos y grises. Fríos por las mañanas y noches, con ese olor a invierno tan mágico. Salí de casa y comencé a sentirme raro. Notaba mi cuerpo distinto y cansado. ¿No ha empezado la estación invernal y ya estoy con catarro? Me tomé un café en ese sitio tan bonito en frente de la bahía. Me dejé llevar por el sonido del mar y por el ruido de las Reginas que llegan hasta Pedreña. No percibí el olor a café recién hecho, maldito catarro.
Al terminar de trabajar, me calcé las deportivas y bajé a correr bordeando la Primera Playa de El Sardinero. Llegando a Piquío tuve que darme la vuelta. Este catarro me está matando, no soy capaz de sostener mi cuerpo encima de mí.
Ya en la cama, por la noche, comencé a sudar y a encontrarme realmente mal. 39 grados centímetros, vaya, sí que estoy malo.
Silencio. Estoy en esta habitación de hospital, sólo. Abro los ojos y siento una fuerte opresión en el pecho. Inspiro fuerte, pero siento que mis pulmones no se llenan. Me siento agobiado. Busco entre mis sábanas el timbre. No lo encuentro. Vuelvo a coger aire intentando estar tranquilo. Noto mi pulso acelerado. Sé que estoy taquicárdico. ¿Por qué no soy capaz de coger aire en condiciones? ¿Qué hago aquí?
Se abre la puerta, unos ojos me sonríen tras una pantalla. Me explican que estoy ingresado en el hospital por una neumonía bilateral por covid-19. A la mente se me viene ese momento, esa conversación, donde me cargaba de razones para no vacunarme. Incluso desconfiaba de la propia enfermedad. Y allí estaba ahora, sin hueco en mis pulmones para el aire. Con unas ganas infinitas de llorar. Con unas ganas infinitas de escapar.
El oxígeno que recorre mi sangre es cada vez menor. Y las mascarillas me regalan todo el oxígeno que a mí me falta. Me sangra la nariz. Estoy agotado, desanimado, sólo y asustado. Tengo que pasar todas las horas del día 'amarrado' al oxígeno de la pared. Me duele el cuello y la espalda. Tengo miedo. ¿Y si no soy capaz de salir de esta habitación? ¿Y si no puedo volver a tomarme ese café en la bahía? ¿Y si no puedo volver a llenar mis pulmones de aire con sabor a mar cantábrico? Tras diez días postrado en este cuarto, parece que mi cuerpo empieza a combatir este dichoso virus. Me noto más fuerte y veo algo de luz al final de este oscuro túnel. Ya estoy aquí. Frente al mar. Otra vez. Con más fuerza y ganas que nunca. Y no, no vacunarse no es una opción. Hazlo por ti, por mí y por todos.
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