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Para un foráneo pletórico de curiosidad por nuestras cosas, el ruido en España forma parte del espectáculo sin fin que se le ofrece. Esta ha ... sido siempre una tierra de cainismo y autodestrucción institucional, pero también de fiesta y terraceo. En un ejercicio de severa afirmación identitaria, hemos acabado por asumir un hecho diferencial supuestamente sostenido en la negación del orden europeo y protestante: aquí, ya vengan crisis económicas, atentados terroristas o pandemias, nadie se recoge pronto y nadie calla.
El poder funciona muy bien como domador de los instintos callejeros del personal. Los políticos tienen el privilegio de abrir o cerrar los hogares patrios con la soltura con la que se abren las puertas de toriles. Nuestra emblemática plaza de Cañadío o la calle Peña Herbosa miden las decisiones partidistas con el bullicio y la felicidad alcohólica. Poco han importado los contagios masivos, los hospitales saturados y la necesidad de cuidar a los mayores, especialmente en una época de numerosos compromisos navideños. Si el gobierno de turno no se opone, podremos seguir desatando nuestra pulsión pícara y mediterránea. ¡Faltaría más!
Como la reflexión no conduce a los ciudadanos por la senda del sentido común y la mesura, los administradores de la cosa pública han decidido estimular nuestra querencia por el ruido. La plaza del Ayuntamiento de Santander se ha convertido estos días en una auténtica discoteca al aire libre, donde uno se ve imposibilitado, de entrada, para mantener una conversación a un volumen razonable. Además de cachivaches varios, llenos de color y movimiento (que dificultan el paso a los peatones), tres o cuatro villancicos han sido expulsados en bucle de los altavoces durante todas las tardes y hasta las diez de la noche. Todo comenzó en el especialmente húmedo mes de noviembre, cuando las calles desiertas e, incluso, inundadas, experimentaban la contradicción del musical espíritu navideño. Era perturbador y, además, había que trabajar al día siguiente.
El castizo y raphaeliano 'Tamborilero', la 'Blanca Navidad', de quién sabe qué coro, y el omnipresente 'All I Want for Christmas Is You', de Mariah Carey, se han repartido la indecorosa banda sonora de las fiestas santanderinas. El escándalo de las celebraciones colectivas en España es siempre el mismo. Las acampadas del 15M, los aplausos a las ocho de la tarde durante el confinamiento, las caceroladas para criticar a Pedro Sánchez y los cohetes y petardos que rompen los nervios de los animales domésticos forman parte de un mismo juego de herramientas que los españoles utilizamos para potenciar los fastos de la despreocupación. Mi fiesta y mi felicidad sólo tienen sentido, parece ser el lema, si el prójimo se entera y las padece.
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