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«Un puente es un lugar de encuentro, una posibilidad, una metáfora», afirma la escritora inglesa Jeanette Winterson.
La impactante imagen del gran puente de Baltimore desplomándose como si estuviera construido con naipes –igual que esos que intentábamos de niños– ha dado la vuelta al ... mundo a la velocidad que arde una mecha en plenas fallas. Como una metáfora sobre lo que damos por sentado –y pensamos eterno– pero se hunde inesperada e irremediablemente. Los habitantes de la ciudad no dan crédito ante la ausencia de la que pensaban sería una estructura inalterable. Los puentes son mucho más que estructuras de ingeniería. Su carga estética y poética llenan de belleza nuestra rutina. Nunca hice inventario de los que crucé. Acuden a mi memoria el Golden Gate, el puente Carlos, el de Brooklyn, el Tower Bridge, el puente de la Mujer, el puente de las Cadenas, el del Bósforo, el de Triana, el Alejandro III, el Ponte Vecchio, el Colgante, el Luis I, el de Bacunayagua, el del medio penique, el Rialto, el Sant'Angelo, el 25 de Abril… y por supuesto el de la Avenida de Carlos III de mi querida Reinosa. Todos ellos unen; pueblos, barrios… incluso continentes. En muchos es habitual ver candados con las iniciales de dos amantes que, tras cerrarlos, tiran la llave al agua. Como si el amor consistiera en cadenas y no en alas.
'Le pont Mirabeau', de Marc Lavoine.
En nuestras vidas, todos tenemos puentes que colapsan de manera súbita. De qué forma encajamos sus caídas depende de cómo seguimos transitando por la vida. A mayor número de puentes caídos acumulados mayor es la dificultad de caminar livianos. Sucede que cuando no puedes cruzar a la otra orilla –o tienes que dar un gran rodeo para llegar donde ayer mismo lo hacías en un plis– nuestra vida zozobra. De esos puentes caídos podemos aprender algunas lecciones. La más clara de todas ellas es que no deberíamos dejar de pensar en que el puente sobre el que cruzamos a diario se puede venir abajo mientras lo transitamos. Eso nos debería hacer disfrutar más de las vistas que nos ofrece. Ya que la ley de la naturaleza (poéticamente) y la pura estadística (fríamente) nos confirman que un día dejaremos de verlas.
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