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Santander es uno de los contados puntos de la geografía española, exactamente nueve, desde los que se lanzan globos sonda y se procesan los datos ... que proporcionan. No me refiero a globos sonda en el sentido de los rumores que se propagan con el fin de conocer el efecto que causan, sino a los reales, los aparatos que miden la presión del aire, temperatura, humedad y velocidad del viento mientras ascienden hasta la estratosfera y ayudan a los científicos a predecir el tiempo. El lanzamiento de globos sonda es una de las escasas actividades en las que los países se han puesto de acuerdo. Dos veces al día, y a la misma hora, ochocientos centros meteorológicos de todo el mundo sueltan las radiosondas que complementan la información obtenida desde tierra. Ello permite establecer proyecciones más fiables de soles, lluvias, nubes y temporales.
La estación de Santander responde a las siglas EA-5, y como las de La Coruña, Sort, Urdaibai, Palma de Mallorca, Murcia, Zaragoza, Barcelona y Madrid, eleva sus globos a las 11 y 23 horas. Es una fórmula relativamente barata de conseguir los resultados que se esperan, pero lo que sube ha de bajar. A unos veinticinco kilómetros de altura, el globo de látex estalla al expandirse el helio que contiene como consecuencia de la menor presión, y sus restos llegan al suelo, sin control alguno, junto con la radiosonda y la larga cuerda que los mantenía unidos. Debido a las corrientes atmosféricas, no descienden en el lugar desde el que salieron, Santander en este caso, sino en alguna zona indeterminada de Cantabria o de las comunidades limítrofes. La posibilidad de que le caiga a alguien encima es mínima y el riesgo también, aunque superior a cero.
Aquí entran en juego los cazadores. No utilizan las escopetas con las que se abate a animales indefensos, sino que van armados, en el mejor de los casos, con antenas que puedan captar las señales emitidas por el aparato. Tampoco persiguen un beneficio económico porque la Agencia Estatal de Meteorología los da por perdidos. Para los seguidores, aún minoritarios, de este deporte de caza mayor, el premio consiste en quedarse la sonda en propiedad, trastear con ella o reutilizarla si se adquieren un globo sencillo y nuevas pilas. En la busca participan radioaficionados, meteorólogos retirados y quien lo desee. A pesar de que cada año caen setecientas treinta sondas de los cielos de Cantabria, no es fácil el hallazgo. Ahí está el mérito. Y siempre será preferible exhibir como trofeo en el salón una sonda meteorológica que la cabeza de un venado.
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