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Me llaman desde La Habana para felicitarme por mi cumpleaños. Ha sido en febrero, pero ya se sabe que en Cuba se lo toman todo ... con calma, y aunque voy camino del siguiente, agradezco el detalle. Los cántabros del Caribe se interesan por los cántabros de Cantabria. Le pregunto a Reynaldo Rojas, responsable del Centro Montañés, cómo están las cosas por allí. El virus aún no les afecta demasiado, pero miran a Europa y se preparan para lo peor. José Manuel Fernández de la Cueva, nonagenario presidente de la Sociedad Montañesa de Beneficencia, me contó hace muchos años que Cuba baila al ritmo de son, mambo, bolero, rumba y chachachá y es tierra de santeros. Los babalawos, sus máximos sacerdotes, vaticinaron el pasado diciembre el aumento de enfermedades y la muerte de altas personalidades, entre otros comentarios apocalípticos. No andaban descaminados.
También en España hay santería y superstición si la medicina no alcanza. Circulan por las redes sociales las teorías más descabelladas sobre el origen de la pandemia y la aplicación de remedios inútiles y peligrosos. No son buenos tiempos para nadie, tampoco para las Casas de Cantabria, que han perdido a dos presidentes, el de la sede navarra, José Gómez Zubieta, y el de la aragonesa, Vicente Gómez Landeras. Necesitamos esperanza y fingimos creer los informes de quienes han demostrado su incapacidad, negligencia y algo más, tal vez. Comparece Pedro Sánchez, genial artista del escapismo, y responde a lo que no le preguntan, mientras Irene Montero, ella misma afectada, mitinea que debemos disponer de más médicos y médicas, enfermeros y enfermeras, sanitarios y sanitarias y empleados y empleadas de la limpieza. Con tanto desdoblamiento, cambio de canal para evitar el pasmo.
Nos han mentido, nos mienten cada día y en cada declaración. Lo denuncian los profesionales de la salud, los que se la juegan. No vemos lo que realmente sucede porque nos impiden salir a la calle y honrar a los que se fueron. Los virus avanzan cual ejército invencible, y solo comprendemos la necesidad de elegir a los mejores defensas en el partido de la vida cuando perdemos por goleada. Los féretros se amontonan en los hospitales, en los campamentos improvisados y en los geriátricos, y es tal la saturación que las funerarias carentes de suficientes crematorios desvían los cadáveres a otros lugares. España es hoy un inmenso mortuorio. Vivimos bajo arresto domiciliario. Nos falta el viento, la risa, el camino, la palabra, el contacto y la libertad. Los muertos sin despedida se quedan más solos que nunca, y oímos, entonces, el sonido atronador del silencio de los cementerios.
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