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Conforme se acercaba el final del año 2021, amigos, parientes, conocidos y compañeros de trabajo, presos de cierta futurofobia, parecían contagiarse de una misma inquietud: « ... las cosas se están enrareciendo y tensando a nivel mundial». Tras la frase, un rosario de palabras desgranaban sus temores: Rusia, Ucrania, cambio climático, China, Estados Unidos, Taiwán, Ómicron, crisis..., parece flotar en el ambiente el miedo a un «gran fundido a negro» irremediable. Son muchos los que temen que los problemas que se ciernen sobre nuestro futuro sean -quizás- tan inmanejablemente grandes que la humanidad se vea incapaz de resolverlos. Pero, intentemos hacer el ejercicio contrafactual. En vez de preguntarnos: ¿por qué debemos enfrentarnos a nuevas crisis?, preguntémonos en cambio: ¿por qué no íbamos a tener que lidiar con nuevas crisis?
Me considero una persona optimista y, sin embargo, sé que a lo largo del transcurso de nuestras vidas, viviremos nuevas crisis. Algunas serán más destructivas que el covid-19. Otras serán parcas pero más resistentes. Muchas llegarán de manera súbita, otras a cámara lenta. Crisis -casi todas- que serán globales y que deberán ser gestionadas de manera global, no meramente regional ni nacional. Y ahí el individuo -cada uno de nosotros-, debe estar preparado y disponer de herramientas propias que le permitan sortear (en el mejor de los casos) o digerir (en el peor de ellos) lo que se nos venga encima. Ese esfuerzo de supervivencia debe ser, en primer término, individual. Debemos acostumbrarnos a no descartar ningún escenario; a pensar lo impensable, pues nadie lo va a hacer en nuestro lugar: depende únicamente de nosotros.
Según todos los pronósticos, lejos de ralentizarse, los cambios futuros se acelerarán. El Big data, la física cuántica y la ley de Moore se han aliado para operar en este mundo líquido de manera perversa. Por su parte, este globo terráqueo que habitamos tampoco ha sido siempre el vergel verde y azul, seguro, amable y generoso que hoy conocemos. La erupción de un volcán en La Palma, el año pasado, ha venido a recordarnos que la Tierra tiene sus propios planes de futuro, sus ritmos internos y que la vida, sobre ella, deberá seguir adaptándose para sobrevivir.
En mi caso, cuando me asaltan temores apocalípticos, procuro hacer un doble ejercicio. Por un lado, pongo todo en perspectiva visualizando ese punto azul pálido que habitamos -del que ya nos hablaba el astrónomo Carl Sagan-, flotando silencioso e insignificante, en mitad de la oscuridad y el frío cósmico. Por otro, intento imaginar cuánto nos echaría en falta la vida en la Tierra si un día nosotros desaparecemos de su faz. Ambas ideas y nuestra pequeñez, de algún extraño modo, me tranquilizan.
Las palabras son artefactos peliagudos: contienen significados que, a su vez, contienen nuestra propia vida. La palabra 'humanidad', por ejemplo, hace alusión al conjunto de todos los seres humanos pero, además, es el atributo propio de aquellas personas capaces de comportarse de manera amable, solidaria y generosa con otros congéneres. Aunque hayamos inventado líneas divisorias (invisibles y artificiales) que nos distribuyen en países, somos una sola humanidad. Ahora que una «red neuronal digital» nos interconecta a todos, somos más que nunca una única «humanidad». Además, nuestro día a día está sembrado de átomos e ideas que vienen de todos los rincones del planeta. Como escribía el uruguayo Eduardo Galeano: «Tu Dios es judío, tu música es negra, tu auto es japonés, tu pizza es italiana, tu gas es argelino, tu café es brasileño, tu democracia es griega, tus números son árabes, tus letras son latinas. Soy tu vecino ¿y todavía me llamas extranjero?» (...yo añadiría: tu ropa es pakistaní, tu gasolina es saudí, tu teléfono es chino, tus muebles suecos y un larguísimo etcétera). No, la globalización no se puede desinventar. Ni tampoco China, ni internet, ni las bombas nucleares. Porque somos parte de un todo, la salud pública y el medioambiente son patrimonio de la humanidad entera y un activo (o un pasivo) para todos los que habitamos en este prodigioso planeta. El año 2021 pasará a la posteridad como el de la vacuna (curiosamente es el año de la vaca, en el horóscopo chino) pero esa misma vacuna que convierte el covid-19 en un resfriado-no-letal si nos contagiamos, alimenta también una falsa ilusión de invulnerabilidad.
Al comenzar este artículo pensaba encabezar estas líneas de este modo: 'Lo impensable'. En cambio, he decidido emplear el mismo título que ya utilizara el poeta Pepe Hierro para uno de sus mejores poemarios, pues fue él una persona que abrazó la vida hasta el último aliento. Mis esperanzas -como mis temores- se anclan en la paradójica naturaleza humana: capaz de lo peor pero, también, de lo mejor. Individualmente no somos invulnerables, pero como especie tenemos una asombrosa capacidad de salir adelante. Y saldremos adelante. Ahí encuentra refugio mi esperanza. Buen año a todos.
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Ana del Castillo
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