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Hubo un tiempo, con pocos años, en el que procuré aprender de todo y no fui maestro de nada. Desde que tengo memoria he estado ... rodeado de libros. No recuerdo cuál fue el primero de mi entera propiedad, además de los de iniciación a la lectura y la escritura en parvulines, primero, y parvulones, después, los curiosos nombres utilizados en la escuela pública Menéndez Pelayo para designar las aulas de aprendizaje de los más pequeños, pero mi devoción por el libro fue más allá de la contemplación como sujeto pasivo, el de lector, ya de por sí importante, sino el de conocerlo lo más profundamente posible, y asistir, si me era dado, a los pasos que se siguen desde que el escritor entrega el manuscrito hasta que llega al público. Descubrí que la vida de un libro se divide en cuatro etapas básicas, aunque no únicas: nacimiento, uso, deterioro y resurrección.
Esa curiosidad me llevó a visitar imprentas en las que se me permitió presenciar un proceso creativo fascinante, el de la composición de textos, la impresión y la tirada que daba lugar al nacimiento del libro, listo para la distribución, promoción, exposición en librerías y venta al público. Pero el libro no es inmune, sino lo contrario, al transcurrir de los años. Por ello, también fue asombroso el conocimiento del rol desempeñado por los sanadores del papel, la tela y la piel en los hospitales de los libros, obrando el milagro de darle una nueva vida, siempre distinta y a veces mejor. Pasé una temporada en la encuadernación de Molaguero, en la calle Burgos, aprendiendo de tal modo los secretos de la restauración, que si hoy me proporcionan un telar, hilo, cinta, serrucho, cola y guillotina, aún sería capaz de dejar el libro terminado, a punto para la prensa.
Ahora, la ciencia explica las causas por las que sentimos una sensación placentera ante el olor de los libros. Las páginas nuevas del libro nuevo desprenden el aroma de los compuestos químicos del papel, la tinta y las colas, que quizá recuerdan al chocolate y al café. El olor del libro antiguo, en el que se detecta la presencia de furfural, que huele a almendra, resulta ser «una combinación de notas herbáceas y un toque de vainilla sobre un fondo de moho subyacente». Pero nadie ha descrito el olor del libro recuperado, aquel al que unas manos expertas tersa las arrugas, reemplaza lo dañado, envuelve en piel los tomos valiosos y da a los títulos un toque de oro. El olor es suave y penetrante, aunque no una mezcla de lo nuevo y lo viejo, mientras el maestro encuadernador sonríe ante la resurrección de uno de nuestros mayores tesoros.
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