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Un viejo, dos viejos, tres viejos... Así se contaba o mejor se malcontaba a los fallecidos por covid-19 al principio de esta violenta infestación vírica ... que padecemos desde hace casi dos años si tomamos aquel fatídico 8 de marzo de 2020 como referencia. Era lo que en aquel momento se denominó primera ola pandémica porque ya se temía una segunda. Hemos alcanzado la sexta ola con el virus cambiado tanto de siglas como de chaqueta, tal que un político mentiroso, aunque su estrategia de ataque ahora busque también a un joven o a una joven porque Ómicron es malo pero no tonto y su cadena de destrucción se ha modificado.
Hoy se puede apreciar en nuestros hospitales y en nuestras UVI un nuevo ritmo de afectación de los susceptibles, que pasó a: un viejo, dos viejos, un joven casi siempre sin vacunar. Buena lección antibotellón.
Con este pequeño cambio ya no hacen falta tantas campañas de motivación para inducir la vacunación y se van quedando sin el pinchazo, salvo excepciones, tan sólo los jóvenes (¿jóvenas?) contestatarios, que además no sean bailones porque hoy por hoy no entrarían en las discotecas. Son los muchachos tipo Djokovic, que ya son pocos, asustados y cada vez con menos humos. Hoy mismo en Valdecilla fallecieron desgraciadamente cuatro personas, entre ellos un paciente de 40 años sin vacunar (en alusión al lunes día 10 de enero, en que se hicieron públicos del datos del domingo).
Podríamos entender cierta desconfianza sobre la primera ola. Pero ya en la sexta y conociendo las enormes ventajas de la inmunidad adquirida gracias a las vacunas, se convierte al negacionismo en algo que poco tiene que ver con la libertad individual y entra ya en el campo de lo insolidario, lugar donde debe de dejárseles sin más agravios ni reproches. Estarán obligados a permanecer un tiempo en el resquicio covid porque sin duda padecerán la enfermedad y si legislamos bien lo tendrán que esperar aislados porque normas sí podemos ponernos para preservar nuestra salud o nuestra supervivencia.
Pagarán su peaje cada vez afectándonos menos al haberse optado en nuestra sociedad claramente por: economía y salud convivientes, que puede discutirse pero probablemente sea la conducta adecuada, que hará que se alcance la que prefiero llamar inmunidad 'de grupo', porque lo de inmunidad 'de rebaño' sonaría mucho mejor para el que no quiere vacunarse, en el ámbito del negacionismo insolidario.
«Esta sexta ola viene desaforada y parece que con algo menos de agresividad (sic) y puede multiplicar por cuatro la cifra de afectados», según nos informa el Director General de Salud Pública en una entrevista que se acompaña con fotos de carácter divomediática (me gustan más los médicos, los investigadores o los gestores que también lo sean, con su bata y en su despacho) y añade: «Ómicron es un virus más suave con el que ya se podría convivir», para finalizar con «una de las lecciones de este virus es que no te puedes fiar porque siempre te sorprende».
Como pueden observar se trata de reflexiones contradictorias. Pero en fin, corramos un tupido velo porque probablemente en el fondo trataba de justificar el caos organizativo, diría que difícilmente evitable ante la avalancha incontrolable de los casos.
¿Saben lo que debería de decir en mi modesta opinión si no estuviera condicionado por lo políticamente correcto?: pues que ante tal asedio y el comportamiento vírico explosivo e imprevisible se produce tensión y ruptura en los canales de Atención Primaria y es imposible con el presupuesto del que se dispone hacerlo a satisfacción en estos casos, y que él y su equipo lo organizan lo mejor que pueden, dejándoselo todo en el empeño, incluso su salud, que es una verdad irrebatible. Eso sin tener que hablar de recortes o de disculpas vanas porque a poco conducen. Por último, además de pedir comprensión a los ciudadanos, habría que decirles que el gasto sanitario es tremendo e insuficiente y tendremos que ampliarlo si eso se acepta, obviamente renunciando a otras cosas y, desde luego, gestionando lo mejor posible. Si en Cantabría queremos mantener y mejorar la asistencia sanitaria, que es muy generoso y bonito -todos los gobiernos hasta ahora la han defendido-, requerirá indudablemente un esfuerzo unitario:
¿Qué les parece un pacto sanitario autonómico, que llevamos reclamando desde hace años a través de artículos, entrevistas, mesas redondas y conferencias, que me emplazo a recordar una vez más en próximas fechas, tal y como ha hecho brillante y recientemente el presidente del Consejo General de Colegios Oficiales de Médicos, el cántabro Tomás Cobo? En ese empeño, si me permiten, seguiré empleando mis energías.
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