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En estos tiempos difíciles que vivimos se está volviendo cada vez más habitual encontrarnos con personas que viven en la calle. A algunos solo los ... vemos sentados en el suelo con un pequeño cartel en el que piden ayuda, pero otros tienen consigo sus pertenencias. A veces son solo bolsas que, imagino, contienen los restos de lo que un día poseyeron o lo máximo que han podido conseguir para mantenerse día a día. En otras ocasiones su puesto incluye un saco de dormir, mantas o incluso un colchón. Por el centro de Santander se puede ver alguno de esos colchones con mantas y hay alguno que llama la atención porque, cuando su ocupante no está, aparece con la cama perfectamente hecha y con sus escasos enseres recogidos y ordenados. Hay otro hombre que, literalmente, vive bajo un puente cerca de Santander y los que pasamos por ahí con frecuencia hemos podido ir viendo cómo ha ido haciendo de su emplazamiento un lugar cada vez más 'habitable' y 'acogedor' con zona de dormir, huerto y hasta una mesa con sillas.
Una de las definiciones del término dignidad dice que es la cualidad del que se hace valer como persona, se comporta con responsabilidad, seriedad y con respeto hacia si mismo y hacia los demás y no deja que lo humillen ni degraden. Creo que las dos personas que he mencionado antes se ajustan perfectamente a esta definición. Pero tengo en la cabeza también el caso contrario. El mercado inmobiliario se ha convertido en los últimos tiempos y, especialmente en las grandes urbes, en una especie de selva en la que parece imperar el 'todo vale'. En ciudades como Madrid los alquileres son tan escasos y sus precios tan disparatados que los propietarios de los inmuebles pueden actuar literalmente como les da la gana, pues saben que si un posible inquilino no está interesado en su piso, hay otros veinte que sí lo estarán. Y así, no solo es que se anuncien apartamentos que más que viviendas habría que llamar zulos, es que además hay otros pisos que, llegando éstos sí a esa categoría, se encuentran deteriorados, viejos... pero los propietarios no se molestan ni en arreglar lo estropeado ni en darle al alojamiento una mínima apariencia de habitabilidad. Hace poco se anunciaba en Madrid un piso a la venta con unas fotos que podrían corresponder a la vivienda de una persona con síndrome de Diógenes: bolsas, basura y cacharros ocupaban todo el espacio. El piso, de hecho, no se podía ver, pero la falta de respeto hacia los posibles compradores era, para mi, claramente visible.
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Ana del Castillo
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