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La estabilidad de Taiwán, una cuestión que debería importar a todo el mundo, sigue inmersa en un atolladero con difícil salida. Desde que los soberanistas ... revalidaron el mandato presidencial sin mayoría legislativa suficiente, el rodillo de la oposición es implacable, lo que imposibilita de facto la aplicación de muchas políticas gubernamentales. La reacción oficial se orienta ahora a recuperar la mayoría legislativa instando la revocación de varias docenas de diputados de la oposición. Esta responde alentando sus propias revocaciones de diputados oficialistas. La guerra abierta parece imposible de detener y se avecina una auténtica batalla campal que agitará aún más la política taiwanesa y agravará la división social. En este clima, decenas de aviones y buques de guerra chinos realizan ejercicios de «preparación para el combate» alrededor de Taiwán en una rutina que va escalando peldaño a peldaño.
El oficialismo presenta su cruzada contra la oposición como inexcusable para proteger la democracia de quienes la erosionan para satisfacer los apetitos unionistas continentales. Una confrontación, en suma, entre los dispuestos a actuar como caballo de Troya del comunismo y los que lo rechazan. Todo es más complejo, pero este tipo de polarización puede resultar beneficiosa para debilitar a la oposición aunque, piensan algunos, extrema las diferencias de opinión y hace más imposible aún tender puentes para llegar a acuerdos.
La trifulca política se dirime en un contexto de seria preocupación sobre el futuro de las relaciones con Washington en este segundo mandato de Donald Trump. Aunque fueron buenas en el primero, la inquietud es extrema ahora por la imposición de aranceles para reducir el abultado déficit comercial con EE UU o por las invectivas para recuperar el groso de la producción de chips a territorio estadounidense. Siguiendo la senda de Trump, las ventas militares estadounidenses a Taiwán alcanzaron el nivel más alto en cuatro décadas y Taipei aumentó su presupuesto de defensa en un 80% en los últimos ocho años, hasta el 2,45% del PIB.
Lejos de resignarse a lo que pueda venir, en Taiwán se abren espacios de propuesta para alinear su política con los intereses de la Casa Blanca. Se da por descontado que disuadir a Trump no saldrá barato. Esto se traduciría, primero, en construir más fábricas y producir más chips en EE UU. Taiwán posiblemente tendría que transferir su tecnología más avanzada, Trump no se conformará con menos. El margen de negociación no es muy holgado. Un equipo económico discute opciones con el equipo de Trump tratando de poner el parche antes de la herida. Esa cooperación vital podría abarcar otras áreas, especialmente en el ámbito tecnológico. Taiwán representa el 18% de la capacidad mundial de fabricación de semiconductores y el 92% de los más avanzados. Y reserva su tecnología de primera calidad para producirla en instalaciones de la isla.
Taipei figura en la lista de los 10 países con los que Washington tiene un importante déficit comercial. El superávit taiwanés aumentó un 83% el año pasado y ascendió a 64.880 millones de dólares. Para equilibrar estas cifras es probable que se estimulen las compras de más productos energéticos, agrícolas y militares. La adquisición de armamento es un capítulo en el que puede haber acuerdo con relativa facilidad, a expensas de cómo pueda reaccionar el otro lado del Estrecho.
Apenas reconocido internacionalmente, Taiwán no cuenta con un poder de negociación similar al de cualquier Estado convencional y debe evaluar un coste adicional para estabilizar una relación que opera como un auténtico salvavidas. El análisis de qué sectores podrían acoger inversiones en EE UU se apunta como estrategia para mitigar futuras sanciones. La primera beneficiada podría ser la industria petroquímica. En agenda también figura el aumento significativo de las importaciones de gas natural licuado.
¿Cómo se retroalimentarán o se equilibrarán estas dos crisis superpuestas? A favor de Taiwán juega que Taipei y Washington comparten la antipatía sistémica hacia China. Y en la mesa de negociaciones puede sopesarse que una presión excesiva de Trump afecte a la imagen garantista de EE UU. Cuanto peor sea esta, más eco favorable pueden tener en la sociedad taiwanesa las denuncias unionistas del continente con el argumento de que Trump solo quiere aprovecharse de su situación.
Este año se celebra el décimo aniversario de la primera reunión en 2015 entre el entonces presidente taiwanés Ma Ying-jeou y Xi Jinping. Ma sigue siendo un referente para un sector importante de la sociedad que prima evitar la guerra sobre evitar la unificación. Aunque partidario de esta última, rechaza que se materialice sobre la base del principio continental de 'un país, dos sistemas'. Pero otro tanto de la sociedad rechaza la idea misma de la unificación. La unidad de los contrarios, tan propia de la filosofía china y con tantas aristas positivas, tiene sin embargo en esta disyuntiva un encaje de muy difícil resolución práctica.
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