Borrar
El monstruo de Laredo
Leyendas de aquí

El monstruo de Laredo

Las aguas del Cantábrico dejaron en La Salvé una criatura fabulosa, aunque al final no fue para tanto

Aser Falagán

Santander

Lunes, 4 de septiembre 2023, 07:19

Aquella mañana amaneció en Laredo un animal fabuloso; una criatura del abismo; un monstruo de leyenda; una inconcebible especie marina. Por unos momentos, la costa pejina pareció alumbrar un prodigio inconcebible. Después, como ocurre tantas veces, no fue para tanto, pero el asunto dio que hablar, y mucho, en la villa y bastante más allá de sus límites. La historia, en realidad mucho más sencilla, transcurre más o menos así:

A principios de marzo de 1974 había mucho revuelo en la playa de La Salvé. Todavía no era temporada alta en Laredo, pero no era para menos: la Era Secundaria acababa de visitar a los pejinos en forma de un gran saurio marino; un extraño ser de otro planeta que había aparecido muerto en el arenal, escupido desde el abismo, sin que nadie, ni siquiera los más avezados pescadores, acertara a distinguir qué era aquella especie de reptil de extrañas proporciones, varios metros de longitud y más de uno de diámetro. De piel oscura, con tonos grisáceos y extrañas escamas que impedían distinguir si aquello era un enorme pez, un reptil acuático o una especie de pequeño dinosaurio, constituía todo un guiño a la imaginación y, por momentos, al terror. Mover aquel cuerpo debía ser todo un reto para sus cuatro diminutas patas, por mucho que en el océano resultara, probablemente, mucho más difícil desplazarse.

Pronto cundió la curiosidad por ver la cría de kraken, el vestigio de otra era o lo que fuera aquello. Como la famosa ballena varada de Gijón, aunque a escala. Como la que apareció también en Laredo, que se comieron los pejinos… o los santoñeses, según a quién se pregunte. Pero aquello no era un rorcual, o al menos no lo parecía. Era algo muy diferente.

El asunto no se quedó en el pueblo. Pronto lo publicó La Gaceta del Norte, una cabecera clásica a la caza de todo tipo de fenómenos que tenía entre sus redactores a J. J. Benítez, a la que cita la agencia EFE (que en aquel momento firmaba aún las noticias nacionales cono Cifra) en el teletipo que envió el 13 de marzo. «Un impresionante y desconocido animal de unos seis metros de longitud y unos 800 kilos de peso acaba de ser descubierto medio sepultado en la arena en la playa santanderina –sic– de Laredo, informa La Gaceta del Norte en su número de hoy». Así arrancaba textualmente el despacho de agencia, que el linotipista copió tal cual, sin cambiar el adverbio de tiempo: «Al parecer, este animal llegó ya muerto, empujado por el mar, hace una semana aproximadamente».

«Nadie hasta el momento ha podido identificar a este extraño animal, ni los técnicos de fauna marina ni los pescadores consultados hasta ahora», señala el texto, que además describe los restos hallados: «El extraño animal presenta, según parece, cuatro pequeñas extremidades, presenta la piel grisácea y rugosa y un grosor de dos metros en la parte central del cuerpo. A ambos extremos se aprecian aletas, el cuello y el rabo, rodeados por una cadena de cartílagos de más de medio metro de longitud y que se halla fracturada. Por otra parte, se le distingue la cabeza, que puede estar enterrada en la arena».

La historia, tan enterrada como los restos del animal, la recuperó hace unos años Javier Resines en su blog 'Criptozoología en España'. Él mismo revela que al final todo tenía, como siempre, una explicación plausible y nada mágica. Cita al biólogo Orestes Cendrero, que apuntó que aquello eran los restos de un tiburón peregrino. Eso sí, en un estado de descomposición tan avanzado que lo hacía prácticamente irreconocible a simple vista. De ahí que no se distinguiera la cabeza, ya desprendida del tronco, y que prácticamente sin aletas se habría confundido con pequeñas patas.

De pronto, todo encajaba como un enorme puzle mesozoico. El tiburón peregrino, como explica el divulgador ambiental Diego de Vallejo en su último trabajo audiovisual para la Cofradía de Pescadores San Martín de Laredo, es una especie muy habitual en aguas del Cantábrico. El cañón de Capbreton, que rompe la estrecha plataforma continental, permite que se puedan encontrar relativamente cerca de la costa especies de aguas profundas como el segundo pez más grande que se conoce, tras el tiburón ballena. Una especie que no caza, sino que patrulla aguas profundas para devorar plancton y pequeños organismos con sus enormes fauces. Suele medir unos diez metros y rondar las cuatro toneladas de peso. Menos de lo que encontraron aquella mañana en Laredo, pero es que aquel animal se habría quedado ya en las raspas, así que no hubo competición por su carne. Tampoco debía estar en las mejores condiciones.

Este contenido es exclusivo para suscriptores

Publicidad

Publicidad

Esta funcionalidad es exclusiva para suscriptores.

Reporta un error en esta noticia

* Campos obligatorios

eldiariomontanes El monstruo de Laredo