
Comillas: La coqueta villa señorial
Escenas de verano ·
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Escenas de verano ·
El encanto de la localidad continúa atrayendo a miles de turistas | Juan Ramón de la Vega, 'Moncho', hace ya treinta años que se enamoró de las dos caras de ComillasComillas tiene dos personalidades. Puede ser el pueblo de tonos grisáceos que dormita en los brazos del invierno, acunado por el susurro de las calles ... vacías. Y puede ser la villa exquisita, que acoge el calor de la muchedumbre de turistas que recalan en verano. Así es la Villa de los Arzobispos; o todo o nada. Sin embargo, Juan Ramón de la Vega hace ya treinta años que se enamoró de las dos caras de Comillas. De sus veranos templados y de los inviernos que se estiran hasta el final de la primavera. Moncho, como le conocen en la localidad, es todavía un poco madrileño y se le nota, aunque nadie sabría decir exactamente en qué. Pero este hombre es sobre todo ya un comillano que se acomoda en las terrazas del Corro con gestos rutinarios, mientras desayuna café con leche y cuatro churros, y saluda a los conocidos.
Es probablemente una de las personas que más ha investigado sobre la historia de Comillas. Sabe que en los años cincuenta la calle de los Arzobispos (hoy principal arteria comercial) «era tan solo una 'calleja', con una zapatería, el almacén de 'Isaito' -se refiere a la ferretería de Isaac Gutiérrez, que aún continúa hoy en día- y el estanco de Tildina Álvarez, todo un clásico», dice haciendo alusión a la estanquera. La tienda 'Las Molucas' era el hotel San Pedro, «donde se quedaban las familias importantes que venían de Madrid». En los sesenta, varios madrileños compraron el hotel y lo bautizaron con el nombre de 'La Gaviota'. «Después se vendió y construyeron chalés adosados».
Retrata un Comillas «pequeño y familiar», de pocas pretensiones. «Íbamos a la playa por la mañana y volvíamos a comer a casa. La gente no tenía costumbre de cenar en los restaurantes, salvo en la Fonda Colasa -otra institución en Comillas-», recuerda Moncho, que al final lo resume todo en una frase: «Supongo que éramos todos más simples y no había tanto consumo».
El resplandor turístico se produjo en los años noventa, con la construcción de la autovía y la llegada de visitantes de Castilla y León, Madrid o País Vasco, que pasaban en Comillas el mes de agosto. «En el Cristo, alrededor de la segunda quincena de julio, venía mucha gente, pero luego había un bajón hasta agosto, cuando los turistas volvían a ocupar las calles de la localidad». Por eso decidieron crear los famosos Caprichos Musicales en julio. Eran gratuitos y en la plaza de la Constitución, con el violinista Ara Malikian como gran referente. Después de los conciertos, «nos íbamos a comer alitas de pollo a 'Los Castaños'». El violinista también. En aquellos años mejoró la climatología, «porque hasta entonces veníamos de Madrid en verano con ropa de abrigo y botas para la lluvia». El sol era una suerte de moneda que caía del cielo uno de cada cuatro días, pero hasta eso cambió.
Con el paso de los años, la villa continúa seduciendo visitantes con la erótica que destila su exclusivo carácter señorial y la historia de todos sus monumentos (el Capricho de Gaudí, el Seminario y el Palacio de Sobrellano). Comillas parecía imbatible, hasta que llegó el covid y el eco del silencio en las calles vacías durante la Semana Santa. Una situación que sin embargo se ha invertido en un abrir y cerrar de ojos. La villa recibe ahora mismo tantos turistas como en el mes de agosto de cualquier verano anterior. «Con el coronavirus se ha desestacionalizado el turismo», opina Moncho, poco acostumbrado a ver tantos visitantes en Comillas a finales de junio y principios de julio. «La gente tenía unas ganas enormes de salir y el Norte es un lugar ideal, donde no hay peligro». Pero sí miedo, al menos así lo asegura Juan Ramón. «Por eso los visitantes prefieren quedarse en apartamentos o casas rurales y no tanto en hoteles». La ocupación está al 80% y se prevé llenar todos hospedajes.
¿Y lo de las fiestas? «Una pena que no se celebren», lamenta Moncho. Económicamente, «las pérdidas son increíbles». «En los años ochenta había un bar, 'El Metropol', que hacía un millón de pesetas de caja durante los tres días del Cristo». En las últimas ediciones «podían llegar a pasar por Comillas 20.000 personas, imagínate el gasto. Este año nada». Bueno nada no, «porque la gente que viene gasta, se sienta en las terrazas y va a los supermercados». De hecho, en agosto ya no hay lugares donde quedarse a dormir en Comillas. Está todo reservado.
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