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Ellos no lo saben, pero las rocas que hay bajo sus pies, mientras se hacen un retrato de recuerdo de sus vacaciones, son las ... más antiguas de Cantabria. Esas y todas las que conforman el estrato sobre el que hoy se asienta Pechón. «¿Tienen 450 millones de años?», preguntan sorprendidos. Esa es, exactamente, su edad. Para que sirva de referencia, los dinosaurios aparecieron en la tierra 200 millones de años después.
Es una de las curiosidades de la playa de Amió, aunque casi todos la conocen como la de Pechón. Es un bonito arenal que cuando hay pleamar y el coeficiente es alto suele quedar sepultado por el agua. Se puede aparcar relativamente cerca y durante el verano el acceso es de un único sentido de circulación para que, si se cruzan dos coches, no queden atascados. Para llegar al punto clave hay que esperar a que la marea esté baja. Es cuando la pequeña isla que se ve enfrente queda unida a la playa y se puede ir caminando. Es un tómbolo. Una pequeña lengua de arena. «Los de aquí siempre hemos llamado a esta zona El Castril», relata Amelia mientras señala con el dedo. Es una de las zonas más visitadas. «Hay varios canales y pozos donde te puedes bañar, incluso los más pequeños», añade. Gracias a sus explicaciones descubrimos varias pozas: «El de las Julianas, el de la Gloria (por lo calentita que está el agua) y el Pozón, el más profundo, donde cuando era joven me tiraba de cabeza».
Amelia tampoco sabía de la antigüedad de las rocas que, a simple vista, tienen aspecto duro, compacto y romo. En realidad, todas las de la zona son similares, pero un juego de 'geocaching' (una especie de yincana donde se ubican objetos que hay que localizar con la ayuda de GPS y brújula) ha escondido aquí un tesoro. Pechón está asentado sobre lo que se conoce como una sierra llana. Es una rasa, una superficie plana situada entre el borde del acantilado y el interior. Se caracteriza por tener una pendiente suave que, por varios motivos, se ha ido elevando progresivamente de su anterior posición –antes estuvo bajo el mar–.
Aquí hay, por lo menos, cuatro escalones de rasas que permiten a los expertos estudiar las distintas etapas del Cuaternario. Los materiales sobre los que se asienta son de la era Paleozoica. Predominan, principalmente, «cuarcitas ordovícicas formadas hace 450 millones de años», explican desde la Mancomunidad Saja-Nansa.
El sol comienza a apretar en una calurosa mañana de julio y la playa, poco a poco, se va llenando. «Antes solo veníamos los del pueblo, pero, ahora, gracias a Google, se ha hecho famosa y en agosto casi no se puede estar», cuenta Amelia. Por suerte para ellos, justo al lado hay una cala. La de Aramal. Es un pequeño arenal con peor acceso que el de Pechón donde los vecinos pueden darse un cole más tranquilo. En Pechón, como sucede en otros lugares, cuando sube la marea apenas hay sitio para poner las toallas. La playa desaparece por unas horas.
Las vistas desde El Castril son de postal. Casitas al borde del acantilado en una zona donde el urbanismo salvaje no ha podido avanzar. A uno de los lados se contempla una torre de piedra completamente mimetizada con el paisaje. «Es de Rudy, un alemán que llegó aquí hace sesenta años y se enamoró. Luego, la construyó y vivió en ella», continúa Amelia. «Ahora ya no, le gusta estar solo y como la zona, en parte, se ha masificado, la alquila y vive en otra que se ha hecho. Pero, si no sabes dónde está, no la vas a encontrar», concluye.
De regreso al camino de acceso un banco, en un mirador de piedra, invita al visitante a sentarse, contemplar el mar Cantábrico y respirar el aire teñido de salitre. Mientras esto sucede, un grupo desciende por la rampa sin despegar la vista de varias pantallas. Son aparatos de localización GPS. Están jugando a encontrar el tesoro de este lugar. No van desencaminados. Señalan hacia El Castril y sonríen. Ya les queda menos para descubrir el secreto de estas piedras.
El viajero, de regreso al aparcamiento, se encuentra con un pequeño chiringuito ubicado en un prado. Hay sillas, mesas y sombrillas. La última parada para poner la guinda con un trago bien fresco a un buen día de playa, sol y agua de mar.
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Ana del Castillo
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