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Álvaro Machín
Santander
Domingo, 13 de junio 2021, 07:27
Lo que buscaba Felipe Sierra eran orquídeas. Le gusta la botánica. Las fotografía y luego comparte las imágenes en grupos, en las redes sociales. Ya ... había localizado alguna abajo, cerca del acceso a las famosas cuevas de las pinturas rupestres. Pero estaba «empeñado» en que en lo alto del Monte Castillo, en Puente Viesgo, tenía que haber más. Por eso subía a menudo. Una de sus excursiones fue tras un incendio en la zona. El que se produjo hace un par de meses. Él, por amigos, ya sabía que junto a la pista que sirve para recorrer el monte se conservaba un tramo de parapeto y hasta los restos de una trinchera. A la vista. Además, Felipe, que es oficial en un taller de maquinaria, es aficionado a la historia. Le gustan estas cosas. Lo que no sabía es que el fuego (a base de eliminar maleza) y su curiosidad le iban a poner delante de un amplio entramado defensivo de la Guerra Civil. Una larga trinchera en zigzag bien conservada y unas cavidades que sirvieron de abrigo a los combatientes. Su presencia queda demostrada por los restos de latas de conservas en el suelo. El rancho frío, con la espalda apoyada en la pared. Puede que mientras fuera sonaban los estruendos de la artillería. El resto de la carcasa de una granada en el exterior confirma que aquí hubo combates. El hallazgo ya ha sido comunicado a Patrimonio.
De eso, de comunicarlo, se encargó a los pocos días José Ángel Hierro, arqueólogo y miembro del colectivo 'Frente de Santander'. Registró un escrito con la descripción de lo encontrado y con una buena explicación histórica para dar contexto a este entramado. El experto, durante la subida, ya sobre el terreno, señala al Monte Espúreo, a las Peñas de Penilla y a otras cumbres para indicar dónde se atrincheraron los republicanos. Su idea era cerrar el paso por Puente Viesgo dentro de una última línea de contención antes de Santander que conectaba Santoña o Ramales (la línea del Asón, muy fortificada) con este punto y que enlazaba así con el Dobra y la Sierra de Ibio. Desde aquí se controlaba el acceso por la carretera de Burgos y también un avance por los cordales de los montes.
Y con eso se toparon las tropas italianas el 23 de abril de 1937. Al ver que no podían avanzar –el fuego que cruzaban los republicanos desde las Peñas de Penilla y estas posiciones abarcaba toda la entrada del valle– optaron por una «maniobra de pinza». Un rodeo por los flancos. «Les flanquearon y los que estaban aquí tuvieron que dejar esta posición porque les copaban». Les dejaban rodeados. Los italianos se desviaron por el Collado de La Cabaña, el mismo lugar por el que 2.000 años antes lo hicieron las legiones romanas de Augusto (un estudio en 2016 en el que participó Hierro localizó evidencias de ambas cosas), y por otras cimas al oeste del Monte Castillo. Apenas dos días de disparos y bombardeo de artillería y fin de los combates en este punto.
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El arqueólogo cuenta los detalles desde un lugar con buenas vistas tras una subida pindia por la pista. Allí arranca el primer parapeto, del que ya se tenía constancia. Un muro con un grosor de un metro con las piedras puestas a hueso, en seco. «Sería más alto e iría, seguramente, con sacos haciendo aspilleras». Los huecos para disparar los fusiles. Al lado hay una primera cavidad. La primera de varias. Unas naturales, otras artificiales como bocaminas (hay carteles explicativos sobre la historia minera de la zona) o mezcla de ambas cosas. Cerca del mirador del Río Pas, también señalizado, la entrada a una de esas bocas ofrece un lugar perfecto desde el que controlar todo el acceso al valle. Por eso, y por los restos de un muro que dividiría la estancia, José Ángel Hierro cree que aquí pudo establecerse un puesto de mando. Sólo unos metros más abajo está el resto de la trinchera que ya se conocía. Justo asomándose ahí y una vez que el fuego había consumido la maleza y buena parte del resto de la vegetación unas semanas antes, Felipe Sierra intuyó que había algo más.
Y lo hay. Es necesario salirse del camino para verlo y descender un poco. Pronto salta a la vista el hueco fortificado. El largo tramo de trinchera por el que se movían los restos de las tropas republicanas que venían de El Escudo, combatientes de la división 53 y de la 55, junto a brigadas asturianas y vascas. El avance del enemigo, «un rodillo», les iba empujando hacia el mar.
El lugar En el Monte Castillo, en una zona alta por encima del punto en el que están las cuevas con arte rupestre.
El hallazgo Trincheras, parapetos y cavidades que sirvieron de abrigo cubierto para los combatientes.
La fecha El 23 de agosto de 1937, desde este punto se intentó frenar el avance de las tropas italianas hacia Santander.
Es una espacio estrecho con tramos en los que las zarzas (los restos de las que se quemaron y las supervivientes) impiden moverse hoy en día, pero es una construcción compacta. Firme. La estructura conecta con hasta tres cavidades. Caminos de la trinchera al abrigo. El lugar para protegerse de lo que seguramente fue un intenso ataque de artillería y también para descansar o almacenar material (seguramente la entrada a los huecos estaba cubierta también por sacos).
En una de estas cavidades saltan a la vista los huesos de un animal muerto, posiblemente una cabra. Están cerca de unos trozos de cerámica que no es descartable que fuesen de la época de los combates. Con todo, lo más llamativo está en la cueva que está algo más lejos (la tercera de las que hay conectadas con la trinchera). Aquí Felipe Sierra sólo se asomó ligeramente. Le daba respeto un lugar tan oscuro.
Es muy profunda y la vegetación en la entrada (aquí no llegó el fuego) le da un aire de misterio. Hasta el fondo, unos cincuenta metros con la pared salpicada de un material blanco que puede tener su origen en el carburo de los candiles. El trayecto interior, si se enfoca al suelo, está punteado por latas de conservas oxidadas que, en algún caso, dejan ver todavía la forma de esa típica llave que servía para abrirlas. El sistema de la época. Posiblemente, sardinillas, según apunta el arqueólogo (era uno de los alimentos más presentes en la dieta de los combatientes). Ya fuera, a unos metros, en una zona rocosa con piedra en la pendiente –y en la que hay que tener cuidado para no irse cuesta abajo– está el resto de lo que «parece una granada de artillería rompedora». «Creemos que de un calibre 100 o 120». Huella de los combates y lo último que encontró Sierra, más allá de otras posiciones diseminadas.
–¿Y orquídeas? ¿Encontraste alguna al final?
–Sólo una. Algo más arriba.
Los hallazgos de este tipo siempre llaman la atención a los curiosos. El aviso ya está en manos de Patrimonio y de las autoridades. Pero, en todo caso, conviene recordar que todo el monte está catalogado como Bien de Interés Cultural. Está prohibido excavar, remover y, por supuesto, coger cualquier cosa. Por conservación, por seguridad (es muy poco inteligente manipular objetos) y hasta por el evidente riesgo de llevarse una multa, que puede ser considerable tratándose, además, de una zona protegida.
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