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Una hormigonera colocada a modo de monumento en el centro del barrio simboliza la razón por la que nació la asociación de vecinos del Grupo ... San Francisco (al margen de General Dávila). Esta herramienta de obra llegó al barrio en los años 60 y contribuyó a que sus habitantes, con sus propias manos, construyeran carreteras y aceras y creasen escuelas y talleres. Hoy, su presencia en el barrio sirve de recordatorio de esa lucha vecinal durante la posguerra con el fin de dignificar sus calles y sus propias vidas. «Necesita una mano de pintura», apunta Francisco González al fijarse en la hormigonera, a pocos metros del local de la asociación de vecinos de la que es miembro desde que se fundó en 1975. Si no se creó antes fue porque hasta ese año no hubo una ley que lo permitiese, pero sus habitantes ya llevaban más de una década luchando juntos por el barrio.
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Cuando la Administración de aquel entonces encargó la construcción del barrio, no dio importancia al «desastroso» resultado. Como cuenta González, la promotora «no dejó carreteras, ni aceras, ni alumbrado, ni alcantarillado. No dejó nada de lo más elemental y tampoco las autoridades de aquel momento exigían mucho». Lejos de rendirse, se cargaron de material de obra para terminar lo que la constructora había dejado a medias. «Fueron los propios vecinos los que hicieron aceras, alcantarillas, jardines... Un parque, la bolera y la pista deportiva con graderío y vestuarios. Fueron los propios vecinos –subraya–, saliendo a trabajar sábados y domingos». Ernesto Bustío, el cura que estuvo en el barrio durante 25 años –y que ahora está en el albergue de Güemes– fue una pieza clave en el desarrollo del barrio. «Conectó muchísimo con la gente de todas las edades y promovió muchísimas actividades que nos unieron como comunidad».
Además de prácticamente levantar el barrio con sus manos, los vecinos también ocuparon los bajos de los edificios. «El planteamiento de hacer esta ocupación vino porque no teníamos locales sociales para hacer nuestras actividades». Estos espacios dieron vida, entre otros, a los clubs de los chavales, la asociación de campamento, la junta directiva de la asociación de vecinos y la comisión de mujeres. «Se ocuparon cerca de 800 metros cuadrados para fines sociales, tanto en cuanto la constructora no aportara al barrio la inversión que los vecinos habían hecho para urbanizar lo que la empresa había dejado sin hacer».
En uno de esos bajos se creó en 1977 la escuela infantil de niños de tres y cuatro años, «que entonces no estaban escolarizados y en la zona había mucha necesidad de puestos escolares». De la noche a la mañana, había 40 niños asistidos por un profesor titulado. Pero, al tratarse de un local ocupado por los vecinos que seguía siendo propiedad de la constructora, un juzgado trató de desalojarlo. «Era un sábado, los hombres mayoritariamente trabajaban los sábados por la mañana, y en el barrio estaban las mujeres, niños y algunos jóvenes estudiantes. Esta fue la gente que defendió la escuela ante el juez y 60 policías de los grises».
González destaca un estudio sociológico que el Ayuntamiento hizo en los años 80 de muchos barrios de Santander. «Les daba un dato que les hizo volver otra vez al barrio. En San Francisco no había ni un conflicto de jóvenes con la justicia. Se quedaron muy sorprendidos y volvieron a analizar más al detalle. La respuesta era muy clara: la juventud estaba ocupada, atendida, con actividad social, con campamentos, actividades deportivas, culturales y fiestas populares».
Hoy, lo que piden para el barrio es más atención para los mayores, para aquellas personas que llegaron en los 60, convirtieron unas calles a medio hacer en su hogar con sus propias manos y que, sesenta años después, siguen en el Grupo San Francisco.
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