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La Plaza Porticada tuvo sus años dorados entre 1952-1991 con la celebración del FIS, el Festival Internacional de Santander, que permitió a los santanderinos disfrutar en plena calle de figuras artísticas de primer nivel internacional. Han pasado 30 años desde aquellos veranos en los que este espacio se convertía en el núcleo social y cultural más importante de la ciudad a partir de algo tan simple como ponerle un techo con lonas. Pero con la inauguración del Palacio de Festivales, la plaza pasó a un tercer plano en la vida de la capital cántabra y, ahora, el Ayuntamiento planea su renacer: quiere que venga de la mano de una cubierta acristalada que sirva como revulsivo arquitectónico y relance el lugar como algo más que un cruce de calles, recolocándolo como punto neurálgico de la ciudad.
Los ecos de lo que cada agosto ocurría en la Porticada aún resuenan en el corazón de muchos. «Fue la mayor plaza de la música. Y santuario de la danza. Era un tenderete de feria que aportaba un público maravilloso y multitudinario, a precios asequibles», recuerda José Luis Ocejo, director del FIS durante 33 años (1979-2012), quien tomó el testigo de los fundadores del festival, Ataúlfo Argenta y José Manuel Riancho (primer director del FIS).
Fueron muchos los momentos irrepetibles que el público recuerda de aquella época. Además de La novena sinfonía de Beethoven a cargo de Argenta, Ocejo destaca dos «superiores en la reacción del auditorio, que se prolongó en aplausos durante más de 20 minutos». El primero fue la interpretación de 'El Bolero de Ravel', por Jorge Donn y el Ballet de Maurice Béjart, en 1982. El otro fue la clausura del festival con la compañía neoyorkina de baile de Alvin Ailey, en 1988.
La Porticada recibió a figuras nunca antes vistas en ciudades de periferia. Pasaron desde las más famosas orquestas filarmónicas, directores de la talla de Leonard Bernstein o Zubin Mehta y músicos vanguardistas como Ravi Shankar, virtuoso del sitar vinculado a Los Beatles.
Entre ellos destacó el bailarín ruso Rudolf Nuréyev, número uno de la danza; las soprano Pilar Lorengar (1981) y Montserrat Caballé (1988), o una representación de la ópera Carmen con el tenor Pedro Lavirgen acompañado del coro de niños de Los Escolapios, del que Juan Calzada –director del Palacio de Festivales desde 1995 a 2012– formó parte. «Fue mi primer acercamiento a la cultura, un instante de mi niñez muy especial».
El escenario al aire libre provocó reacciones encontradas en alguno de los artistas, que se negaban a actuar al considerar el lugar «precario y poco digno. Daba sensación de hangar, pero por la noches, con las luces, se transformaba. Y después de actuar, muchos reconocían lo mágico de la atmósfera», recuerda Elena García Botín, presidenta de la Asociación Cultural Plaza Porticada, que tomó el nombre del que consideran «el evento cultural de mayor calado que ha vivido la ciudad hasta nuestros días».
Eran comprensibles las reacciones críticas de los artistas ante aquel escenario expuesto al húmedo clima del norte y con sillas plegables y los bancos corridos dispuestos en plena calzada por donde circulaba el tráfico rodado de día, que de noche se desviaba. A pesar de que se tomaban medidas, algún grito lejano se colaba en escena, lo mismo que sonidos de claxon y trombas de agua que interrumpían a los músicos, que se veían obligados a parar para secar sus instrumentos.
El montaje del escenario implicaba un mes y medio de trabajo en el que se alteraba el orden de la ciudad. Retirar toda la instalación, en septiembre, requería el mismo tiempo. «La celebración del FIS puso a Santander en la vanguardia de la cultura. Es un lugar con nostalgia, divino y maravilloso, pero también tenía sus lados negativos: las sillas eran muy incómodas y el ruido de la lluvia sobre los toldos hizo inaudible algunas actuaciones», rememora Manuel Ángel Castañeda, presidente del Ateneo de Santander. «No estoy de acuerdo con los que piensan que habría que recuperar el FIS en la Porticada, ya que existe el Palacio de Festivales. Cubrir la plaza me parece buena iniciativa, pero para otro tipo de cosas».
Para Calzada el escenario era «un apaño». Pese a todo, algunos de los artistas que se dieron cita en el lugar destacaron lo excepcional del clima que se creaba. El director Mstislav Rostropovich, acudió dos veces. «40 años intentando traerlo sin éxito y finalmente tocó dos veces», destacaba Ocejo en un artículo de 1990 para ABC. Los entendidos siempre alabaron a la audiencia por ser «próxima y madura». Cada noche, santanderinos y visitantes llenaban las 4.000 plazas disponibles.
Todos recuerdan los enormes toldos anclados en la fachada de los edificios circundantes de la Caja de Ahorros, considerados una gran obra de ingeniería. Guarecían la plaza de los temporales, aunque apunta Ocejo que, «la lluvia fue un riesgo relativo, ya que a lo largo de 11 festivales ( 1980-1991) solo llovió nueve noches». Por otro lado, estos toldos protagonizaron un buen susto en 1971, cuando se provocó un incendio durante un ensayo del bailarín Antonio Gades, que ayudó a apagar el fuego y corrió a salvar el vestuario de su compañía. Aquello no interfirió en el estreno, al día siguiente, de su coreografía de 'El amor'.
Al terminar las actuaciones, los melómanos y espectadores formaba largas colas frente a la Heladería Capri, donde se comentaba la noche. Otra peculiaridad de este festival era su audiencia, llamativamente heterogénea, que reunía a lo más destacado de la sociedad cántabra, veraneantes, público popular y familias con niños.
La apertura del Palacio de Festivales acabó con todo aquello y la plaza Velarde pasó a ser una más de la ciudad. Un lugar de paso, pese a lo céntrico de su ubicación. Hace meses, el Ayuntamiento dio a conocer una idea de futuro para el lugar: instalar una cubierta acristalada y fija, que permita utilizarla todo el año, llueva, haga viento o nieve. Actualmente, avanza en sus trámites urbanísticos y se están redactando los pliegos del concurso de ideas. El municipio está dispuesto a gastarse siete millones de euros en este proyecto y los trabajos podrían iniciarse para 2020.
La futura intervención no está exenta de debate social. Sus detractores consideran que será «un atentado contra el patrimonio» pero, sobre todo, han surgido muchas preguntas acerca de qué contenidos se darán cita en la plaza que justifique la elevada inversión.
«Soy crítico y escéptico porque más allá de lo espectacular que quedaría, no se puede obviar que las plazas de otras grandes ciudades de España no se han cubierto. La decisión debe abordarse con una discusión más profunda y no quedarse solo en lo funcional. No sé si el lugar para cubrir en la ciudad debería ser otro», opina el arquitecto Domingo de la Lastra, muy activo en todas las cuestiones públicas de Santander. De la Lastra considera que «la cuestión de fondo es la falta de vida de la plaza. En mi opinión, ésta dependería de un plan de rehabilitación del uso de los edificios y bajos de la plaza, hoy en desuso».
En cambio, para Castañeda, la Porticada es «una construcción posterior al incendio, relativamente nueva (1945), de estilo neoherreriano, frío y austero. Creo que cubrirla será una buena iniciativa para aprovecharla más con actividades. Y más en una ciudad donde llueve tanto».
Calzada declara que «es importante la recuperación de esta plaza para todos», aunque considera que «hay que sopesar qué contenidos va a acoger: para los grandes conciertos ya está el Palacio de Festivales».
Por el momento, el Ayuntamiento presenta como «un proyecto participativo» la cubiertaporque los ciudadanos podrán votar las propuestas que se presenten. La alcaldesa Gema Igual cree que una Porticada con techo dará mucho juego y se convertirá «en un motor de actividad para el centro», con repercusión en la hostelería y el comercio. Queremos algo ambicioso», señala, aunque los contenidos futuros están por definir. Lo siguiente es buscarle un compás.
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Álvaro Machín | Santander
Guillermo Balbona | Santander
Sócrates Sánchez y Clara Privé (Diseño) | Santander
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